Los visitantes 

I

Las Cabirmas – 12 de enero de 1964

Mi querido Lauri:

Aunque lo que tengo que decirte es breve, quiero que sepas que está lleno de significado. A pesar de que te cueste expresarlo, he visto las dificultades por las que has pasado desde que llegaste a Las Cabirmas, y me temo que el final no será fácil.

Seré concisa, ya que el espacio en tu cuaderno es limitado. Conocerte fue dejar atrás viejas rutinas y empezar a creer que lo imposible en mi mundo podría volverse posible. Quiero que sepas que eres como un sueño en el que cualquier ser humano desearía estar.

No encuentro palabras para describir lo que siento, no porque me falten, sino porque temo estar frente a algo que me estremece. Por eso, optaré por no ponerle nombre, eso me dará paz para seguir escribiéndote.

Más que intentar describir lo intangible, quiero agradecerte por enseñarme el verdadero funcionamiento de la óptica, por mostrarme que, a pesar de estar aislados del mundo, existen conexiones que no dependen de dónde nacimos, sino de la naturaleza humana. Y, sobre todo, Lauri, gracias por darme el regalo de soñar.

Si por casualidad todo salió bien, esta página —la última de tu cuaderno— será solo una anécdota más, como aquella vez que casi vomitaste al pasar por la casa de Damián y Esperanza o cuando te quedaste mirando los azahares, sin palabras.

—Salomé

II

Me había acostumbrado a sembrarme entre las secciones de la casa. Sembrarme como una mata de anamú en algún recoveco con sombra. Un día lo hacía en el jardín, otro día en el comedor y ahora en la sala, frente al reloj de pared que se atasca entre los minutos. Sembrarme en la sala tenía sus ventajas, porque podía medir el tiempo sin mucho esfuerzo, a diferencia de cuando lo hacía en el jardín. En esos puntos casi ocultos, podía entretenerme viendo a la naturaleza jugar con sus partes, por lo que debía contar mentalmente —sin perderme— el tiempo que llevaba con los pies hundidos en la tierra.

Era importante no perder de vista el tiempo. Me jugaba mucho con eso. Si por un descuido me sumergía más de lo que podía, mis piernas echaban raíces y lo que se suponía era una pequeña distracción entre las tareas cotidianas se podía convertir en una pesadilla familiar.

El reloj me miraba por momentos, y yo lo miraba a él con los ojos de un diablillo ansioso, como quien espera una hora que esconde tras de sí un baúl rebosante de secretos. Como que escondía libros arroyo arriba, en una cueva abandonada. Secretos de ese tipo. Aquel artefacto, el reloj —marrón, blanco y con una pizca de dorado— estaba preso entre una caja barnizada más larga que ancha. Le colgaba un péndulo protegido por un marco de oro auténtico, extraído —visto por mis propios ojos— de la parte baja del arroyo. En ese punto donde los indios se bañaban y se distraían al atardecer.

El tiempo se mecía a todas horas en el péndulo, que iba de izquierda a derecha, sabiéndose eterno y con capacidad para meterte en sus estados de hipnosis. Marcaba las doce menos cinco. Eso significaba que, en pocos minutos, debía sacar mis pies y desenterrarme. Luego, por quinta vez, barrería la galería, la sala, el comedor, la cocina, el pasillo y las habitaciones. Esta última área, con cuidado, para no despertar a la abuela. Era necesario barrer hasta que una se sintiera segura de que la casa estaría impecable. Como un espejito nuevo para los visitantes que llegarían en las primeras horas de la mañana. O en la madrugada, tal vez. Aunque no lo creía posible. Después

de todo, ¿quién, salvo un alma en pena, andaría visitando hogares ajenos a esas horas?

A las doce menos tres logré desenterrarme. El abuelo me observaba de soslayo mientras sacaba los pies del suelo y los elevaba para ahuyentar el adormecimiento que se quedaba adherido. Cuando miré, el abuelo parecía haberse escondido, como de costumbre, en uno de los cuadros del pasillo. Casi de inmediato, agarré la escoba de guano y me di una vuelta por todo el alrededor de la casa.

Quería asegurarme de que las hojas de las cayenas que rodeaban el perímetro del patio no hubieran llegado hasta allí como invasoras. No estaba dispuesta a permitir que ensuciaran lo que había sido limpiado con tanto esmero —¡cinco veces!— por mí y mi socia, la escoba. Hoy, apenas era un prefacio de la fiesta que se montaría al día siguiente, no solo me dediqué a barrer. Hice un sinfín de oficios. Por ejemplo, lavé grandes cubos de ropa que se deformaban de camino al arroyo, atestados de manteles, toallas y cobertores de almohadas y cojines. El desgaste de las yemas de mis dedos era el testigo de la ardua labor en la que me enfrasqué durante este día, al que ahora le quedaba un minuto de vida.

En la tarde de este día que se muere, me dio también por enderezar los bodegones del comedor. O eso creí, porque uno de ellos —el del cántaro de frutas cayendo en forma de cascada— me dio la sensación de tener una torcedura atravesada entre el mango y las uvas. Seguí por la ruta del comedor a la sala. De una manera casi ceremonial, por la inminente llegada de los visitantes, levanté los enormes trozos de tela que cubrían los muebles del polvo y los intrusos. Tras hacerlo, sonreí sin mostrar los dientes. Ya que estaba ahí, frente a la mesa del comedor, con una sonrisa traviesa, despolvé los lirios artificiales —los que la abuela nunca llegó a diferenciar de los que se encontraban en el patio— y retiré un jarrón de aluminio sin asa, olvidado por alguien. No sabía bien hace cuánto. Luego lo coloqué suavemente en el fregadero para evitar el ruido.

Cuando me sentí ligeramente satisfecha, caminé sigilosamente hacia la galería, que no tenía más de dos metros cuadrados, y me perdí. De todos los habitantes de la casa, al parecer solo a mí me resultaba curioso cómo la gente, al llegar a esa parte, terminaba extraviada, alelada y mirando al horizonte.

La pérdida no tenía forma física, porque podías ver el cuerpo ahí, parado, casi normal, pero era evidente que la mente estaba de viaje. Fue lo que me sucedió esa tarde, pero me apena entrar en los detalles de hacia dónde me fui y en busca de qué. Perderse en ese lugar era de esos hechos que me gustaba guardar como un secreto en la memoria. Un secreto vergonzoso que, por la naturaleza delicada de las ensoñaciones, se enterraba con celo en el cerebro y no en el corazón. Se conocía bien la poca seguridad y la tendencia a mentir de esta bomba de sangre.

Amantina, por ejemplo, fue una de las víctimas. Una mañana de domingo, mientras todos estaban en lo suyo, iba con un bote de maíz para las gallinas ponedoras y se quedó tiesa. Erguida como estatua ante el naranjal que se encontraba frente a la galería. Como me apasionaba estudiar el comportamiento de la familia, especialmente cuando estaban en esa parte de la casa, me detuve a examinar la parálisis de Amantina. Se me escapaban risas ante el hecho de que las gallinas estaban estirando el cuello como cobras al tratar de contemplar el contenido del bote que le colgaba del brazo.

Como resultado, cacareaban o daban vueltas para que se les diera por fin su alimento. Pero era inútil. Su mente estaba implantada en otro sitio, lejos de casa.

Tenía por costumbre hilvanar teorías sobre el fenómeno de la gente en la galería. Estaba convencida de que lo que sucedía tenía que ver con el florecimiento de los azahares y su olor dulce, embriagador y con notas cítricas. Frente a la casa, más allá del mar de grama y el límite que formaban las cayenas, había un enorme campo de naranjas cuyas flores se ponían de acuerdo para estar abiertas como estrellas blancas durante todo el año. Su olor siempre estaba impregnado en la galería. Era como un estimulante de la imaginación del cual, con trabajo, se podría salir. Cuando una lo lograba, como en el caso de Amantina —gracias a las gallinas que se dedicaron a comerle las cutículas de los pies—, lo hacía alelada y se rascaba la cabeza de manera prolongada, buscando el motivo por el cual inicialmente se decidió ir hasta allí.

Amantina contaba la historia a su manera con voz fuerte y una ronquera lacerante. Sentada en uno de los troncos de patio, según ella —y así se lo contaba a sus amigas, Helena y Santica, las jugadoras de dados—, tenía una forma de revolcarse con el amor

de su vida sin tener que salir de Las Cabirmas y que —¡vaya bola de falsedades!— podía hacerlo a su antojo.

Era indudable que todos en casa habíamos sido víctimas de los azahares, pero no era verdad que se podía entrar cuando uno quería. Pero ella, puede que esta parte tuviera algo de verdad, aseguró vivir la más bella fantasía al caerse boca abajo, desde el borde de la estructura, hacia un campo de margaritas donde daba rienda suelta a sus deseos carnales de la juventud. Aunque al borde de la galería solo había grama. No pétalos ni amores.

Lo cierto es que hubo un tiempo en que la veíamos como chiflada, haciendo inspiraciones de aire provenientes del campo de naranjas. Sin éxito.

Esa tarde, por donde mismo vine, regresé. Me encontré de nuevo con el jarrón de aluminio sin asa en el comedor, en lugar del fregadero donde lo había dejado, cerca del cántaro de frutas plásticas y los lirios artificiales. Seguí en línea recta por el pasillo hacia la entrada, mientras me preguntaba por qué la galería se encontraba detrás y no enfrente, como en la casa de Santiago de la Cruz, el regidor, con sillas de fiambre delicadamente trenzadas y macetas colgantes de besitos blancos y rosados; o como en la de Manuel el cojo, diminuta como la de una casa de muñecas, hecha de cachazas rústicas que contrastaban de forma indecente. Sin embargo... ¡todas enfrente! Como todas las galerías en Las Cabirmas.

Cuando llegué a la parte delantera de la casa, sin galería, sin macetas ni muebles de fiambre, observé reiteradamente los azulejos que formaban el camino hasta el portón de madera negra. Los azulejos eran grises con puntitos negros. Durante el día, los fui saltando descalza, para no ensuciarlos, triunfante, porque en cada paso que daba veía cómo los azulejos brillaban y en ellos se reflejaban haces de luz. En la mañana, los haces brincaban hacia el oeste; a mediodía se posaban en el centro, y una no sabía bien hacia dónde brincarían. Y en la tarde, no había reflejos ni brincos, porque el sol se escondía en la sombra del cambrón y se arrullaba bajo su brazo.

Puse fin a mis recuerdos sobre la rutina del día mientras se me escapaba un suspiro. No sabía bien si era de victoria o derrota. En cierto modo, aquello no importaba

demasiado. Faltaba menos de un minuto para las doce cuando reparé en que sus horas se habían escurrido en un parpadeo.

De esta manera, dejaba una mezcolanza de sabores antagónicos. Por un lado, me sentía agobiada al no experimentar la seguridad que esperaba sobre el trabajo que había hecho, y por otro, me invadía algo parecido a la nostalgia. Quizá porque un día como este no volvería a asomarse y, a partir de aquí, ningún otro sería igual. O porque, al dar las doce, un gallo cantaría anunciando el cumpleaños número cien de la abuela y los visitantes empezarían a llegar pronto.

Tendrían caras largas, enjutas, sonrientes o tristes... Saber si había ganado o perdido no cambiaría nada. Lo que sí era un hecho es que no saber interpretar las señales que aparecen al final del camino y quedarme como una pompa suspendida en el aire era un rasgo representativo de mi personalidad.

III

La medianoche se inauguró con la salida de la luna detrás de unas nubes colosales. Su presencia blanca se encontraba por encima de Las Cabirmas, parecida al ojo de un cíclope. Le brotaba una luz que saneaba las sombras que previamente ejercían sus dominios.

En esos momentos, me encontraba con los brazos cruzados, apoyada en la puerta de entrada. Me revisaba los dedos, cuyas huellas dactilares habían comenzado a reaparecer de una forma súbita.

Podía parecer que, en esos momentos introspectivos en los que trataba de relacionar la muerte y el deseo, esperara a los primeros visitantes. Pero no era así. Todavía era temprano.

Antes de eso, habrían de venir un conjunto de comisiones, cada una con un campo de experticia diferente. Por ejemplo, la comisión legal se encargaría de verificar que la abuela cumpliera efectivamente los cien años y que no se tratara de un error al momento de la declaración de nacimiento. Ya había precedentes al respecto, en relación con declaraciones tardías o con errores garrafales. En ese sentido, era de una importancia considerable la comprobación de la edad.

Las otras comisiones también eran vitales. Una, específicamente, se encargaría de entregar los cinco rollos de papel onírico, cargas de pan, azúcar y café. Todo para la jornada de fiesta, que podía extenderse por tiempo indefinido en la casa. Esa era la comisión de festejos, y había otras, como la del transporte, la del recuerdo y la del duelo. Esta última aparecía como una agencia de inteligencia para seguir los pasos de aquellos cuyos deseos se habían vuelto un infortunio. Ese tipo de situaciones se daban a menudo y guardaban en sí una potencial locura capaz de poner en riesgo la celebración.

A veces, el tiempo que tenía enfrente y que seguía mediante los artilugios de la naturaleza se esfumaba. Podía, por momentos, ver los segundos moverse con lentitud y en otros simplemente perdía secciones completas de una hora. Cuando sucedía —más frecuente de lo que deseaba—, necesitaba de un estímulo externo para recuperar

la capacidad de estar en el presente. Podía bastar con un susto del abuelo o el rechinar de alguna parte de la casa. Me pasa algo similar justo ahora. Como si se tratase de un reflejo, mi postura se irguió mientras el portón negro, ancho como cualquier portón de patio, se abría con un chillido peculiar, lacerante por momentos, y con la lentitud propia de un proceso burocrático.

Una vez abierto, se visualizaron dos figuras cuyos semblantes contrastaban bajo el ojo del cíclope. Los trajes que portaban eran de corte cuadrado, por lo que sus hombros parecían las esquinas de una mesa y las mangas eran secciones filosas de las muñecas. Sus cuerpos se asemejaban a dos cajas alargadas, como ataúdes. Y, aunque sus estaturas diferían, parecían dos elementos que intentaban imitarse entre sí de una forma fallida, pues las diferencias en el tamaño les habían tronchado ese camino.

Al tenerlos a una distancia considerable, los distinguí. Se trataba de Sandro Herrera, el alcaide, un hombre de muy baja estatura. Precisamente de ese rasgo que más de uno consideraba un defecto, había nacido su capacidad de percibir los olores de manera excepcional. De este rasgo, cuanto menos peculiar, se desprendió la manía de olfatear de forma insolente los aromas de los sitios donde se encontraba, emitiendo gestos retorcidos con la nariz para luego exclamar: «¡Huele a... con tonos de...!» Portaba un cuerpo rechoncho, desmañado y que, seguramente, era un lastre para sus huesos de corta extensión.

Su acompañante, solo conocido como Paulino —nunca logré descifrar si ese era su nombre o su apellido—, era representante de la oficialía de Las Cabirmas. Un sujeto con características visiblemente contrarias a su compañero —tanto en lo físico como en el carácter—: alto, como una cama larga, y con una buena mata de cabello fino, color azabache, peinado con un acabado estupendo hacia atrás. Hablaba lo necesario, como si tuviera un repertorio limitado de palabras y una fuente infinita de señas que habían enriquecido su lenguaje no verbal.

Los representantes de la comisión legal tenían la tendencia de vestirse en forma semejante. Desde las medias estrambóticas hasta las corbatas ridículas de fondos chillones y franjas irregulares. Compartían un andar sigiloso, parecido al de los felinos,

aunque, a diferencia de esa familia de mamíferos, los representantes de la comisión legal flotaban — como cualquier persona de renombre — entre los azulejos de la entrada.

—¡Huele a naranjas! —exclamó el alcaide. Luego de una pausa, completó—: ¡Con tonos de menta!

Pasaron por mi vera sin saludar con palabras, aunque emitieron una breve reverencia a la que respondí de la misma manera. Al entrar, flotaron elegantemente por el pasillo principal —como plumas de colibrí—, luego giraron a la derecha, hacia el pasillo de las habitaciones. Tenía la sensación, tal vez infundada, de que ignoraban al abuelo deliberadamente. Pasaron por su lado mientras se encontraba fumando cachimbo en uno de los muebles de la sala sin siquiera dejar escapar un ademán de cortesía. Se podían ver indicios de fastidio en las facciones anchas y brillantes de la cara del alcaide. Estas se remarcaban cuando torcía la boca ante ese olor denso, envolvente y terroso, que se pegaba como chicle en las fosas nasales.

En aquel momento se encontraban parados frente a la puerta de la habitación de la abuela. A la izquierda estaban los dormitorios de Amantina y mío, mientras que a la derecha se ubicaba un cuarto vacío e impoluto, donde se guardarían el café, el azúcar y el pan que la comisión de festejos entregaría en algún punto de la noche. Detrás, aunque manteniendo las distancias, iba yo con pasos escurridizos, analizando sus movimientos.

Al cerrarse la puerta, a la entrada de los miembros de la comisión legal, un conjunto de líneas de luz escapó tímidamente por las brechas que se formaban entre los espacios de las tablas. Con el detalle que un solo ojo me podía permitir, contemplé cómo la prisión de cristal de la lámpara de gas estaba tiznada por el hollín de la combustión. Giré un poco más el ojo y me encontré, al lado del camastro de la abuela, una mesita de noche con un cementerio de velas derretidas. Aquella formación de parafina tenía el aspecto de un monte de colores repleto de ranuras irregulares.

El cuarto de la abuela era un lugar misterioso. Pasaba gran parte del tiempo cerrado como una cripta. Lo que destacaba al interior de ese espacio era lo aséptico y lo

impersonal. Salvo el monte de cera de la mesita de noche, no había cuadros ni elementos decorativos. En las habitaciones de otras casas de Las Cabirmas se podían encontrar pinturas de santos, cojines bordados, espejos de marcos con estilo barroco o cruces de madera en la cabecera. En ese cuarto no.

La abuela no colgaba santos ni cruces: no por desprecio, sino porque su fe, invisible y autosuficiente, no precisaba de símbolos materiales. Esa costumbre le ganó susurros en el pueblo, aunque jamás mostró rechazo hacia quienes sí los tenían.

De hecho, tenía un temperamento más bien reservado, sin llegar a expresar sus creencias de forma explícita. Lo que sabía sobre el tema lo había escuchado entre las sombras, en sus momentos de oración. Sus creencias, aunque esto era una interpretación mía, eran similares a un árbol.

El verbo era lo que la poseía para llenar la vida de la gente en su justa medida; el tronco, Dios y su voluntad; y en las ramas, los santos y los intentos humanos de materializar esa voluntad. La casa era una extensión de sus creencias; no tenía imágenes ni artefactos que se consideraran religiosos. Para ella, el mayor símbolo de la presencia de Dios era la unión de la familia.

Los únicos elementos que había encargado personalmente eran pinturas. Los lienzos se colgaban en la casa como un recordatorio y un lugar de descanso para los muertos. La frontera entre dos mundos. Dos dominios de Dios. Todos en la casa disponíamos de ese espacio, excepto la abuela. Todavía no era el tiempo de que los pinceles la pintaran como Dios la imaginó. El lienzo destinado a recoger la historia de su vida tenía un bello marco de caoba. Aún se encontraba en blanco, pues la tinta que lo embellecería empezaría a brotar cuando, físicamente, decidiera marcharse.

El alcaide y el representante de la oficialía se encontraban serenos en la habitación. Al poner los pies allí, dejaron de flotar. Cayeron unos pocos centímetros, soltando un golpe seco. Vi por la brecha cómo la abuela terminaba de tender la cama mientras la mecha de la lámpara bailaba y alargaba las dos figuras hasta convertirlas en gigantes de sombra.

—Buenas noches, doña Filomena... Hmm, aquí flota un aroma dulce. Sí, dulce con un tono terroso —dijo el alcaide en un tono entrecortado, casi imperceptible—. ¿Cómo le va?

—Buenas noches, señor alcaide. Sí, así huele cuando se queman velas y me pisan la habitación con los pies llenos de tierra —respondió la abuela de forma amigable. Los recién llegados se miraron los pies, luego entre ellos, preocupados—. Bien, gracias a Dios. Con fuerzas para vivir. Por lo menos un par de días más.

La abuela se tomó un momento para acariciar la sábana tendida y eliminar algunas arrugas. Luego se sentó en una silla de mimbre.

—¡Cuánto la admiro, señora! Su optimismo ante la vida es de admirar —se acomodaba el sombrero y enfocaba su nariz hacia el queroseno quemado—. Supongo que está al tanto del motivo de mi visita.

El calor de la lámpara o los nervios le hicieron brotar gotitas de sudor en la frente. Las logré ver, a punto de deslizarse por su cara, mientras él daba la vuelta para colocarse frente a la abuela.

La abuela soltó una risita.

—Quien camina mucho, sabe mucho, señor alcaide. A mi edad es poco lo que no se conoce —respondió la abuela—. Conocí a su padre y a los predecesores de él. Sé qué lo trajo por aquí. Despreocúpese.

Sonreía con los ojos casi cerrados y se acomodaba la falda.

—Me da gusto que compartamos la importancia de eficientizar recursos. Eso nos ahorra tiempo... Usted, más que nadie, conoce su valor —agregó el alcaide, aliviado.

La abuela empezó a buscar dentro de la primera gaveta de su cómoda y sacó un cepillo para el cabello de color morado. Desde ahí extrajo varias hebras de pelo canoso y formó un diminuto ovillo que apenas lograba ver. Luego cambié la vista al ojo derecho porque en el izquierdo comenzaba a ver punticos.

—Gracias, muy amable —dijo el alcaide.

Luego tomó las hebras de pelo canoso, se la acercó a la nariz lo suficiente para olerla de manera discreta y las introdujo en un envase pequeño, en forma de cilindro, con una tapita de color negro.

La abuela me había contado cómo iba a desarrollarse el proceso. Evidentemente no recordaba todo, ya que me lo fue diciendo en forma de retazos y en diferentes ocasiones, cuando le apetecía. El frasquito no era un simple envase, sino un medidor de existencia. Cada etapa de la vida —decía ella— desprendía una luz distinta, como si el alma pasara por filtros de color según la edad. No recordaba bien el orden ni el significado de los colores, pero sabía que el azul era la prueba definitiva de que se habían alcanzado los cien años.

El alcaide comenzó a agitar el frasco mientras libraba una lucha con los temblores que le zarandeaban las manos. El diminuto envase daba la sensación de pesarle más que un remordimiento. Por otro lado, cerca de la puerta, el representante de la oficialía enderezó su bulto desde el costado hacia el frente. Movió la prenda como si fuera un órgano, con cuidado y delicadeza. El bulto de color terracota lucía desgastado y con caminitos de dejadez parecidos a la terminación de un rayo. Por esos caminitos habían empezado a brotar pequeñas bolitas de algodón que caían en el piso de la habitación dando pequeños rebotes. Las manos le temblaban al sacar una pequeña libreta de anotaciones.

El temblor en sus manos me inquietaba, como si pudiera saltar la brecha y alcanzarme.

Me encontraba en un punto donde era una acción complicada ver lo que sucedía dentro. La mecha amarillenta de la lámpara estaba sufriendo una muerte gradual. Y ante el suceso me invadía una ansiedad casi incontrolable que afecta a quienes, como yo, nos encontrábamos metiendo las narices en asuntos ajenos. Derrotada, por así decirlo, cambié nuevamente de ojo. El alcaide seguía agitando el frasco, como si tuviera un explosivo en sus manos que, en cualquier momento, estallaría haciendo pedazos la habitación.

Los cabellos grises en el frasco parecían raíces de planta acuática, flotando inmóviles en un estanque detenido por el tiempo. Afiancé la vista, tan cerca que mi ojo casi se había vuelto parte de la puerta.

El aire en la habitación se espesó, como si incluso los celajes de quienes habían visitado la habitación permanecieran espectantes ante el veredicto.

Desde dentro, un fulgorcito azul cobraba vida. Mi piel reaccionó como si reconociera un antiguo presagio. La respiración se desordenó. Algo dentro de mí —glándulas, entrañas, memorias— estallaba en un cóctel de hormonas.

«Azul», me dije. Azul en todas las variantes del espectro: el de las catedrales, el del fondo del océano, el de los sueños antiguos. Azul cegador, escapando del frasco e iluminando cada rincón de nuestros cuerpos como una revelación.

El alcaide respiró hondo, los hombros elevados como alas. La sombra alargada que proyectaba desapareció, tragada por el dominio de aquel huracán de luz.

Yo caí. Me dejé ir hacia atrás, sin temor, como si desaparecer fuese parte de la ceremonia. Ciega y llena de un sentimiento que rozaba la iluminación.

Cuando la luz cedió, abrí los ojos. Ya no estaban cargados de asombro, pero aún brillaban con destellos sueltos, que se marchaban lentamente, como si no quisieran irse del todo. Mis sentidos se fueron restableciendo del desasosiego. A su ritmo. Así que me puse de pie.

La luz dejó tras de sí el aire convulsionado. Fue entonces cuando Paulino desplegó el pergamino de poca anchura, el cual se extendió por todo el cuarto como unas enredaderas que buscaban dónde establecerse. Terminó en los pies de la abuela, como si su extensión hubiese sido milimétricamente medida para detenerse en ese punto. Tenía las uñas de los pies largas como las de un ave vieja. Desde ahí, las grietas pintadas de ceniza realizaban un recorrido enraizado por sus piernas, el torso, hasta terminar en el rostro. En la superficie, seco, arrugado, sonriente; pero, bajo la corteza de un siglo, se encontraba el entusiasmo de épocas mejores.

Valiéndose del vigor que la caracterizaba, como una estela de antaño, la abuela tomó el pergamino. Se miró el dedo índice, ahora tintado con el color de una promesa, y lo presionó con delicadeza solemne en el documento. Lo dejó caer y miró al alcaide asintiendo.

—¡Qué trámite tan excepcional, doña Filomena —agradeció el alcaide.

De pronto, como si de una orden divina se tratase, el papel se recogió por sí solo y se plegó hacia el representante de la oficialía hasta tomar la forma de un pergamino pequeño, amarillento y frágil. Luego fue introducido por Paulino en su bolso y guardado en forma triunfante, como si se cerrara un trámite legal.

En el rostro del alcaide se dibujó una sonrisa que supuse era de felicidad. Supuse, porque un manto de oscuridad había comenzado a comerse la habitación: la mecha, como testigo de la comisión legal, había entregado su último fulgor a favor del proceso. Lo último que distinguí —o creí distinguir— fue la figura del alcaide y del representante de la oficialía dándose la vuelta y, de una forma ensayada, haciendo una reverencia solemne a la abuela.

Mis ojos merecían descanso, por estar viendo todo el asunto. Y mi dignidad peligraba si esos hombres salían y me encontraban fisgoneando como un alma desubicada. Por tanto, decidí, con todo el sigilo que podía, ir por un vaso de agua a la cocina.

En ese instante el abuelo estaba en la galería, absorto en el hechizo de los azahares. Su figura inmóvil tenía las dos manos en la cintura como una tetera, mientras que de la comisura de sus labios salía el humo del cachimbo.

Llené mi vaso con agua de la tinaja. Estaba fría, casi helada. Cuando di la vuelta, ahí iba la comisión legal, flotando hacia la salida con la misma majestuosidad con la que entraron. Una felicidad secreta, casi absurda, me invadió al ver cómo el ruedo de sus trajes recorría el piso sin adquirir ni una mota de polvo.

Aproveché su salida para mirar, con el rabillo del ojo, lo que ocurría en la habitación de la abuela. En vano. El espacio estaba cubierto por la oscuridad, al menos para mis ojos —hasta ese momento testigos—, que pasaron a ser intrusos sin permiso.

Un poco hastiada por el esfuerzo sin fruto, me sorprendió —o más bien me provocó un espanto— el estruendo proveniente de la parte frontal. Entonces caminé hacia ese punto en busca de respuestas. Me encontré, bajo la sombra de la noche, dos mujeres y a Amantina. El rostro extenuado de Amantina se reflejaba como una mosca de fruta en los espejuelos de las recién llegadas. Al verlas paradas, taciturnas, supe que teníamos la visita de otra comisión. Los rollos de papel y los paquetes de café, el pan y el azúcar, eran una muestra fehaciente de ese hecho.

Saludé como solía hacerlo, mediante gestos y silencio. Luego respiré hondo y supe que la noche apenas comenzaba.

IV

Amantina se encontraba con la cabeza ligeramente ladeada sobre su mano derecha. Las cejas relajadas, los ojos al frente de la comisión de festejos. Uno de sus brazos sujetaba al otro con desdén aprendido, en una postura despreocupada.

De abajo hacia arriba: unas chanclas de malla azul, clásicas y amables con los pies, y un vestido corto por encima de la rodilla. Se le ajustaba en la cintura, bellamente entallado. Un poco por encima, el corte del escote formaba una «V» que escondía un signo secreto.

—Bienvenidas, mujeres. ¿Cómo me les va? —dijo Amantina. Yo observaba en silencio.

No hubo una respuesta por parte de las mujeres. Se encontraban flotando, con pensamientos que parecían estar suspendidos, en el escalón de subir a la pequeña plataforma frontal de la casa. La noche cantaba una canción alegre, compuesta por la brisa fría y las chicharras. Pocos eran capaces de apreciar la melodía como yo, con afinaciones y registros invisibles.

Las mujeres se elevaron hacia la plataforma donde estaban los paquetes. Los inspeccionaban con detalle meticuloso. Por un lado, seis rollos de papel onírico; por otro, tres cargamentos envueltos en plástico y colocados sobre palets de madera: café, pan, azúcar. Estos últimos de color blanco, con forma rectangular y compacta.

El papel onírico, captor sutil de los deseos, tenía un color sepia, curtido por las huellas del tiempo. Sus pliegues y manchas reflejaban el paso de lluvias, vientos y manos temblorosas.

Temí que, por el peso que estimaba a simple vista, los cinco rollos hundieran las tablas, se clavaran imparables en la tierra y de ahí a otro plano. Cualquiera que conociera su naturaleza sabía que debía ser manejado con delicadeza y cuidado ritual: sin ser tocado por manos manchadas o por espíritus con prisa.

Amantina lo sabía. A pesar de ser una forastera venida abajo desde la ciudad, había sido instruida en las artes del proceso que nos sobrevendría. No tanto como yo, claro está. Ella tenía predilección por escabullirse de los ciegos ojos de la abuela para ir a

jugar dados en la pulpería mientras en la casa se ensayaba un proceso de visitas y transformaciones.

Amantina parecía estar tejiendo un comentario mordaz que estaba a punto de salir para romper el silencio. Conociéndola bien, lo tenía atorado entre la garganta. Quizá sobre las gafas que las mujeres usaban en plena noche o sobre los trajes de vestir holgados, con corte cuadrado en hombros y mangas y su color anaranjado, casi grosero.

Antes de que Amantina pudiera liberar ese ovillo de groserías, una de ellas le entregó un papel. Sus ojos, de finas habilidades visuales y color corriente, leyeron atentos, mientras tanto yo, con el silencio que me caracterizaba y para no alterar el mundo, me acerqué y miré de reojo.

Se trataba de una especie de inventario donde detalladamente se describían las cantidades de papel, café, pan y azúcar. También tenía plasmadas unas sugerencias para su traslado, así como espacio para firmas que decía: «Firme aquí, quien reciba».

Más de una vez me imaginé firmando un documento importante como ese. Para unos un simple trámite, para mí un rito. Sin embargo, la vida no me había dado para practicar una firma decente, como la de Amantina. Una «A» imponente cuyas piernas se estiraban estilizadas como una bailarina y luego se envolvía entre un huracán de líneas que la protegían de malos ojos y copias sin alma.

Los movimientos de la mano diestra de Amantina eran casi invisibles al ojo humano. Prácticos, casi quirúrgicos, ocuparon la línea de firma. El papel, del tamaño de una cuartilla, y la pluma de cubierta de madera, se deshicieron en una nube de cenizas que envolvió a las mujeres. Se había formado un torbellino con olor a celulosa quemada. Se las tragó, las hizo suyas y salió por la puerta como un alma endemoniada. Su marcha fue, cuanto menos, grosera. Más que la comisión de festejos me pareció la comisión del duelo. Sin embargo, no teníamos mucho tiempo. Amantina lo sabía, yo también.

De modo que era el momento de ignorar las sugerencias del papel e implementar nuestra propia estrategia para mover las cargas recibidas. En cuanto al papel, lo teníamos claro: llevaríamos rodando los rollos hasta la habitación de la abuela, donde debían estar. Al ponernos en posición, con las rodillas semiflexionadas y la espalda

recta, me vi con desagrado con la misma ropa de ayer. Un vestido de fondo blanco y lunares negros. La prenda había perdido el blanco, y los lunares se tornaron más negros de lo que recordaba.

—A la cuenta de tres, Salomé —dijo Amantina, mientras apretábamos el primer rollo con la fuerza justa para que rodara y sin que recibiera daño—. ¡Uno, dos y tres!

Al rodar el primer rollo, abrimos la puerta de la habitación y, de ahí para allá, rodó por sí solo hasta la abuela. O eso creímos, porque el cuarto seguía en penumbras para mis ojos.

Cuando rodamos el segundo, pasamos un susto de muerte. Por la rapidez de esa vuelta, el papel onírico chocó la pata de un mueble y se escapó uno de los deseos. No habíamos reparado en que el mueble estaba hecho de palo santo. Aquello era muy peligroso porque era un deseo vacío. Tal vez de Amantina, tal vez mío, pero vacío. Sin llenar aún por la abuela. Así que tuvimos que soplar, como si fuera una pompa de jabón, hasta la habitación y cerrar la puerta rápidamente.

Dimos cinco vueltas con los rollos y me sorprendió ya no ver al abuelo en algún recoveco. Lo más seguro es que volvió al cuadro.

Pensaba en esto mientras terminábamos de rodar el último rollo hasta la habitación.

En cuanto a las demás provisiones, el proceso fue lento y tedioso. Eran grandes cantidades y no podíamos hacerlas rodar como el papel.

Cuando Amantina lanzó el último paquete de café en el cuarto de las provisiones, yo respiré aliviada. Por mi rostro se deslizaban gotas frías de trabajo. Mi respiración, agitada. Casi un estertor.

Estas señales fisiológicas me invitaban a tomar un baño. Por tanto, siendo las cinco y cuarenta, con el sol casi adyacente entre los montes del este, decidí hacerme de las herramientas necesarias para dejar mi cuerpo en un estado presentable y perfumado.

Era un conjunto simple: jarrón plástico, jabón, champú, peine, toalla y una muda de ropa. Tenía en mente un vestido negro de lunares blancos. Corte amplio y fluido; mangas abollonadas a la altura del codo. Lo acompañaría de un cinturón rojo con

hebilla dorada, ceñido a la cintura. Tenía predilección por ese vestido y su combinación entre la elegancia y lo atrevido.

De camino me pregunté por qué el baño se encontraba en el patio. Entonces noté que este detalle, sumado al de la galería en la parte trasera, hacía de la casa un lugar de características particulares y un tanto traumáticas. Bañarse, sobre todo cuando había visita y una era adolescente cuyos pechos y caderas comenzaban a brotar como capullos, me dejaba en un estado de exposición delicado. Al menos para mí, no para Amantina, a quien la admiración de hombres y mujeres le era gratificante.

Solía caminar con la cabeza ladeada hacia el suelo. Hubo un punto en que reconocía cada detalle de la grama en el trayecto mientras los amigos del abuelo me miraban de una forma endiablada.

Sus miradas lascivas —aunque las evitaba—, me recorrían de arriba abajo, acompañadas de unas risas roncas y vetustas, tal vez por la quemazón del ron, tal vez por el humo de los cachimbos.

Encontrándome en un momento difícil y con un nudo de palabras acumuladas sobre la garganta, maldije la adolescencia. Había pasado de ser un ser humano oculto, casi invisible en Las Cabirmas, a un ente etéreo. Un ángel con alas de carne y curvas, cuyos atributos habían emergido sin previo aviso.

Aunque no emitía palabras, la abuela me leía. Decía, con firmeza y un poco de dulzura, que todas pasan por eso y que, aunque creyera ser la única que sufría de cólicos extremos y el ataque de las miradas indecentes, no era así. Era una flor más en un campo descubierto. Tenía que vivir con eso y acostumbrarme. Bajar la mirada y seguir o, como Amantina y sus compinches, sonreír y sacarle filo.

La abuela decía cada frase con dulzura maternal. Con la calidez de un pan recién horneado. Si me encontraba agobiada y cerca de la cocina, me daba un beso en la frente y recogíamos granos de café que flotaban. Dábamos pequeños saltos entre risas, atrapándolos uno a uno para luego majarlos en el pilón y tomarlos en la tarde escuchando las radionovelas que hacían de nuestro mundo un lugar prometedor.

Las prédicas de la abuela eran dulces, aunque algo dentro de mí las rechazaba. Como si me pusieran un órgano ajeno en el cuerpo. Entonces le di alas a la imaginación. Mi mayor defecto. Inventé, creé un sistema de fortalezas que consistía en disociarme. Arrastrarme a otro plano, a otro mundo que había construido parte a parte de un imaginario tejido de ideas prestadas en forma de retazos, cuya raíz eran los libros que tenía en la cueva. Así, cuando menos lo esperaba, se me había formado una coraza.

En contra de miradas, risas y gestos lascivos.

Gradualmente pude caminar hacia el baño sin ladear la cabeza ni observar los detalles pueriles de la hierba. Justo como ahora. Iba de camino al baño, los muertos seguían cerca de la casa, frente al baño jugando sus juegos, pero no me importaban esos ancianos echados a perder.

Pronto llegué. Puse la ropa en un clavo cerca de la bañera —¡con cuidado, porque era blanca!—, entré lentamente y dejé que el caño de agua fría me partiera en dos el cabello, formando dos caminos como los que abría el abuelo cuando salía a marotear.

Me lo lavé suavemente, dejándome recorrer por las cosquillas que los caños de agua desencadenaban. Enseguida estaba blanca, enjabonada de pies a cabeza. Sentía, caliente, mezclada con jabón de cuaba, cómo el agua bajaba por la curvatura de mi cuerpo, por los montes, llanuras y lugares secretos hasta meterse por el sumidero de la bañera. El agua recorría una zanjita delgada de tierra negra y bordes verdes, hasta desembocar en una ladera detrás de la casa donde las plantas de yerbabuena bebían de mí.

Con el cuerpo seco, mientras una rana de ojos saltones y piel amarillenta me sonreía, me invadió una idea morbosa: salir desnuda, como me encontraba ahora, dando saltitos por las piedras que forman el camino del baño a la casa. Me preocupaban, de una manera un tanto exagerada, el movimiento impetuoso de mis senos y, poco, las miradas de los muertos que probablemente se levantarían a deleitarse. Una idea descabellada. Había filosofado sobre el desnudo y por qué me causaba terror. Para mí, el hecho de andar con una toalla que me cubriera desde los senos hasta la rodilla era un escándalo, ¿entonces por qué ahora la idea parecía seducirme? ¿Qué cosa me

había dado el valor para tan siquiera planteármelo? No lo sabía. Pero, sin darme cuenta, sacaría un pie, luego otro y, finalmente, el cuerpo completo y caminaría sonriente frente al alba como testigo y aplastaría, en el jardín de mi memoria, los recuerdos de las miradas lascivas y las risas roncas que se habían robado por años mi desnudez.

Cuando entré en la casa, vi las huellas de mis pies húmedos en el piso. Por mi condición no veía mis huellas con regularidad, solo cuando me encontraba desnuda. Detrás, se iban evaporando en cada paso que daba, así como lo que restaba de la oscuridad de la noche.

V

Al amanecer me encontraba frente al espejo, ajustándome el vestido que elegí para recibir a los visitantes. Tenía una curva delicada en la cadera que me gustaba apreciar en el espejo posando de manera vanidosa. Me puse la colonia con aroma a cítrico y le di volumen a mi pelo. Era castaño cuando había luz, pero ahí, en el cuartico, donde el sol aún no penetraba, se veía negro y sin mucha gracia.

Me giré, cerré la puerta con delicadeza medida para no molestar. Pronto salí del pasillo de la habitación y choqué con los primeros rayos de sol. Eran cálidos, suaves, casi una caricia celestial que invadía toda la casa con pasos ensayados. Cada punto, recoveco y adorno se había tornado de amarillo.

Al mirar al frente, el portón negro se abría de par en par. Venían, como espíritus organizados desde otro plano. Me encontraba sorprendida por la presencia de los visitantes que, de modo casi ceremonial, se formaban y regaban en la casa como una marabunta.

Se encontraban en pequeños grupos, hablando en voz baja, conspirando o rezando, al tiempo que ocupaban todos los espacios. Si miraba de reojo a la galería, ahí estaban conversando sobre algo, atestándola de un modo que el olor de los azahares se perdía entre extrañas fragancias. Si desde la galería volteaba de soslayo, estaban en el comedor, ocupando las seis sillas y tomando el café con pan que había preparado Amantina. Y así en los muebles, en los troncos que servían de banco y en el patio, donde habían aparecido decenas de sillas blancas en las que los visitantes estaban sentados y conversando distendidamente.

Algunos visitantes ensuciaban la casa. Traían entre sus zapatos una plaga de motas de polvo que se pegaban en el piso como una mala maña. No solo traían las motas consigo, venían a veces con malas intenciones que resguardaban dentro de sí para no delatarse. Unos ensuciaban el fuero de la casa y otros no, dependía de su forma de andar.

Uno de los primeros en llegar fue Frank, un trotamundos deportado. No se sabía bien cómo llegó a Las Cabirmas, pero ahí estaba, con alguna gota de sangre en sus venas

legada por un elemento de la zona. Manchando con sus tenis extraños, al parecer blancos, ahora rojos, mugrientos. Se encontraba de pie en la entrada del pasillo que daba a la habitación, con un brazo en el bolsillo y en la otra un cigarro.

El camino desde la parte baja hacia la casa era de una tierra rojiza que se pegaba en los zapatos y en el cuerpo como cadillos. Otros, como los miembros de las comisiones, no se veían afectados. Solo tenían que flotar y sus calzados y ropas permanecían impolutos.

Caminé un poquito hacia la entrada y todavía seguían llegando visitantes. Detrás de la puerta, una densa nube de polvo rojizo se había posado, quizá por la estampida silenciosa o porque anhelaba, como los visitantes, entrar y ser parte del proceso. Los visitantes no hablaban conmigo, solo entre ellos y con Amantina. Con el tiempo, se había hecho de amistades al jugar un rol de turista nocturna de la parte baja del pueblo.

La situación me resultaba dulce y agradable, ya que sufro de un mutismo selectivo —o eso dijo Amantina, de quien aprendí casi todas mis palabras—, lo que me impide hablar de manera suelta como lo hace todo el mundo. Ella dice que es selectivo, pero, de ser así, ¿por qué nunca hablé con los abuelos o con la ciguapa de grandes senos y pequeña cintura que salía en las noches caminando al revés y me chiflaba desde el mar de grama?

La naturaleza de mi padecimiento era todo un misterio. Y en casa nadie lo quería revelar, más que Amantina, quien traía de afuera una curiosidad que nos causaba espanto.

Una vez se mencionó visitar un médico. O más bien, Amantina se había empeñado en hacerlo sin reparar en lo que aquello conllevaba: ponerse una ropa decente y sufrir fuertes ataques de ansiedad tras pensar en los peligros de ese lugar de ignominia. Por no mencionar las miradas. La gente de Las Cabirmas nos miraría y tejería entre sus bocas todo tipo de confabulaciones que harían enojar mucho a la abuela, quien de por sí había tenido más que suficiente con la llegada de su sobrina nieta Amantina.

Amantina poseía un perspicaz dinamismo que aplicaba en la enseñanza de una lista larga de mañas, siendo entre las más graves los juegos de dados y enseñarme a leer.

Eso sí, la visita al médico se mencionó de manera seria una sola vez, un Viernes Santo donde, la abuela estaba furiosa por la muerte de Jesús. Amantina soltó aquello y la zona de la galería se enmudeció. Luego, los viejos clavaron sus miradas airadas sobre ella, haciéndola pequeñita como una muñeca de trapo. Y se dio por finalizada la conversación. Todo el mundo siguió comiendo sus habichuelas con dulce, excepto el abuelo. Él puso su jarro en una orillita del pasamanos de la galería, esbozó un gesto de fastidio —como queriéndose morir de nuevo— y volvió al cuadro, como cuando algo le incomodaba. Para cuando ya se había introducido en su área de descanso, el jarro de aluminio cayó, rebotó tres veces y, como era de esperarse, su contenido se derramó.

Apenas cayó, salí corriendo a buscar un suape.

Poco a poco, Amantina fue aprendiendo, por medio de pequeñas lecciones y amonestaciones, que en la casa se hacía lo que los abuelos decían. Por lo que el fuego que ella traía adentro desde la ciudad —y que había permanecido vivo aun después de que la mataran— debía apaciguarse en ese momento. Entonces se rindió, al menos de la puerta negra para adentro. Fuera de ahí, específicamente en la parte baja de Las Cabirmas, era otro tema diferente. Dentro, la estampa de la casa se le marcó para siempre. Y, aunque exudaba la extroversión por entre los poros y tenía predilección por hablar distendidamente de diferentes temas, optó por enfermarse voluntariamente de lo que yo padecía.

Lo más natural era pensar que lecciones en forma de miradas y desprecio explícito cambiarían su alma. Sin embargo, no. Aunque en la casa no había forma ni lugar donde una pudiera escabullirse a aprender las vocales, el abecedario y la aritmética básica, se le había metido en la cabeza, con una terquedad imponente, que yo debía aprenderlo. En principio no sabía cómo interpretar lo que estaba sucediendo. Pero era de una diversión indescriptible cómo se había fraguado. «Fraguado de fraguar», una palabra que me enseñó Amantina y que usaba siempre que podía.

«Mamá, se está fraguando un pollo dentro del huevo de la gallina pinta».

Intenté decir emocionada, como si me hubiesen dado un regalo del Día de Reyes, y la abuela me miraba de manera extraña, con gesto preocupado, sin saber que tenía ese

palabrón atorado. Entonces me pasaba la mano por la cabeza, como cuando tenía fiebre o cuando una bruja me asediaba en las noches sin luna.

Aunque no estaba enferma, ni una bruja me asediaba. Solo tenía una palabra atorada en la garganta, lo que de por sí era un padecimiento bastante desgarrador.

Sufría por no poder usarla y que todos supieran lo inteligente que me había vuelto al aprenderme de memoria esa palabra y su significado.

«Se está fraguando un aguacate en la mata. Se están fraguando naranjas en los azahares frente a la galería. Y se está fraguando un problema —¡grande!— si Amantina sigue escapándose a jugar dados y enseñándome a leer». Pensaba en esos días cuando era una pobre niña muda y analfabeta.

Y así me pasaba los días. Hasta que la palabra perdió su gracia y aprendí muchas más que Amantina me recitaba de memoria, ya que todavía no entendía el universo de palabras que guardaba su diccionario Larousse.

La práctica, sencilla y secreta, de aprender palabras había arrebolado mis ganas de aprender a leer. Sumado a que las cuerdas vocales de Amantina no daban para más. Tal vez por los cigarros y el aguardiente o por repetir para mí tantos significados. El avance de su ronquera me preocupaba. Me espantaba que de un rostro tan bien hecho por Dios saliera una voz ronca, casi varonil.

Por esos días, inventamos un sistema que fuimos puliendo poco a poco y que ayudaría a Amantina a cuidarse la voz. En casa se lavaba al menos una vez a la semana. Éramos pocos y no ensuciábamos mucho. Ese era nuestro momento, pues no había lavadero y una debía ir cuesta abajo hasta introducirse en un monte frío, atestado de árboles, por un caminito improvisado que se había formado del andar reiterado de la gente para llegar al arroyo.

Se bajaba corriendo con la ponchera en los hombros, casi muertas de risa por lo atrevidas que éramos. A veces nos distraíamos viendo a los indios buscando oro. Las indias solían andar con los senos fuera. A unas se los tapaba una larga cabellera negra, como hilos largos de seda, y otras simplemente los mostraban con inocencia.

Luego desaparecían de la nada. Otras veces bajaban los indios machos en hilera. Dos bandos, un conflicto: el control del arroyo. Se enfrascaban en largas luchas por el agua; el oro ni les importaba. Nosotras, arriba en el terraplén, viendo cómo se lanzaban flechas con punta de piedra y peñones lo suficientemente gruesos para volar por los aires y pegar fuerte. Con los indios sí nos sonrojábamos, a diferencia de las indias, que imitábamos de forma burlona. Los indios andaban enseñando su miembro viril libremente y yo me tapaba los ojos mientras Amantina se reía y se lamía los labios de manera repugnante. Cuando los indios peleaban, nos íbamos río abajo, mientras sus gritos ininteligibles: «Yukiyú, Yukiyú, Yukiyú», iban desapareciendo entre el monte.

Lavábamos muy rápido y a veces la ropa no quedaba prolija como le gustaba a la abuela. Eso porque nos concentrábamos perdidamente en la lectura. Amantina se sentaba en una piedra resbalosa con el Libro Nacho y el Larousse en mano. El primero, un libro buenísimo con dibujos que se relacionaban con las letras. Mientras yo estaba a su lado viendo y escuchando fijamente la lección, hasta que sin darme cuenta comencé a entender los calendarios que nos daban en la carnicería, las indicaciones del champú o los botones de la radio donde escuchábamos en la noche Kalimán.

Cuando aprendí a leer, Amantina se cansó de mí, y su risa coqueta, antes tan ligera, se desvaneció en un silencio sombrío. Se tornó huraña, su voz se hizo más rara, como si el viento mismo hubiera arrancado sus palabras. Había algo en su mirada, algo triste que no alcanzaba a entender, y en su rostro, como huellas del paso del tiempo, comenzaron a nacer arrugas entre su frente y debajo de los ojos.

Era, sin duda, una muerta peculiar, que, aún del otro lado, seguía acumulando años como si el tiempo no tuviera piedad de su alma.

VI

Uno por uno, los visitantes van tocando la puerta de la habitación de la abuela. Se forman a la espera de que se abra para reclamar el deseo que les corresponde. Por cada año que la abuela vivió, entregaría un deseo. En determinado momento, me dio por estudiar sus reacciones. Si la puerta no abría, unos salían llorando y otros muy molestos, casi poseídos por la violencia. Como Frank, que ya no estaba parado en el pasillo, sino frente a la puerta de la habitación, dándole patadas con intención de destrozarla.

Llegaba un momento en el que se notaba, con la respiración cansada y los dedos afectados por el ataque de violencia. Aunque eso no le impidió salir caminando, encrespado y buscando algunas alternativas de revancha. Tras caminar de forma obtusa por el pasillo, se detuvo y observó las pinturas del pasillo. Contempló, como si analizara, la del abuelo, con rostro severo y un cachimbo enganchado en la comisura de los labios. De todas, era la única que no estaba colgada como un lienzo en blanco. Tanto la de Amantina como la mía estaban vacías porque nos encontrábamos fuera. La de la abuela también, aunque por circunstancias diferentes. Al no identificar la pintura de la abuela, las escupió todas con proyectiles de saliva marrón apestados de tabaco.

Salió cojeando porque, en algún punto de su vida, le descargaron un peine completo en una de sus rodillas y se perdió tosiendo detrás del portón negro, entre la nube de tierra roja.

Me dediqué a clasificar los visitantes en dos categorías: unos, iracundos, vengativos; potenciales objetivos de la comisión del duelo; otros, amigables, afortunados. En este preciso momento, uno de los primeros sale sin su deseo, zigzagueando entre la muchedumbre. Se quiere llevar consigo, con esos golpes bruscos de hombros y las maldiciones que le brotan de la boca, a los visitantes que se encuentran en fila y que llegaron ordenadamente con la comisión de transporte. En las diferentes esquinas de la casa, algunos miembros de la comisión del duelo, observan flotando esas reacciones adversas.

Durante el recorrido de la furia, se topa con dos espectros vestidos de negro.

Entre el gentío se abrió un pasillo invisible, y por él avanzaron Damián y Esperanza, como si la luz misma evitara tocarlos. Desde hace un tiempo impreciso, se habían convertido en una sola masa espiritual. Una pareja joven, camino a los cuarenta. Vivían en la parte baja de Las Cabirmas, por un callejón donde el conglomerado de casas se fundía, dando la sensación de formar una sola estructura de dimensiones extraordinarias. Personalmente, los conocía bien, cuando tenían color y sus espíritus eran independientes.

En casa solían haber muchos fallos: llaves que no abrían, grecas que estallaban haciendo que el café lloviera o fallos en la radio. Cuando esto último sucedía, el abuelo salía con férrea determinación a buscar a Damián. Luego subían, el abuelo resoplando y él con un pequeño estuche lleno de destornilladores, tuercas y antenas en la mano derecha. Entonces se sentaba a buscar hábilmente la raíz del problema de la baratija y luego darle solución, mientras el abuelo observaba aquel desarme, visiblemente preocupado porque el paciente no sobreviviera. Pero casi siempre lo hacía. Resurgía en forma de una estática que subía y bajaba entre el volumen, hasta convertirse en los noticiarios políticos que el abuelo adoraba.

Tras la rutina, que se repetía como un recuerdo nostálgico en la cabeza de un muerto, el abuelo y Damián se daban discretos sorbos de mamajuana hasta que terminaban discutiendo sobre estrategias de dominó. Pasadas las horas, Esperanza subía a buscarlo con la cara deformada por el enojo y los pies sucios. Al final, terminaba sentada con la abuela y Amantina jugando al tres y dos y envolviéndose en conversaciones que en ese entonces no entendía, pero probablemente enfocadas en despotricar sobre las mañas de sus hombres y de los hombres en general.

«Son buenas personas —decían—, pero tienen grandes defectos».

Esas eran las dinámicas de felicidad y juego solían caracterizar la vida de la pareja. Ahora, no quedaba nada más que rumores de lo que fueron.

Damián y Esperanza pasan de forma sosegada por mi vera. Entre la multitud, resaltan por la negrura profunda de sus vestiduras. Ni siquiera el sol, que ha prolongado todas sus extremidades de luz, ha podido lograr que el infortunio que los arropa pierda

terreno. Damián lleva una camisa negra, acomodada por dentro del pantalón —también del mismo tono—, asegurado por un cinturón de cuero color terracota. Esperanza porta un vestido que cae como una cascada de aguas negras hasta el piso, con mangas hasta los codos y algo de vuelo. Entre los dos forman una masa de sombras que da la sensación de tener la capacidad de tragarse la vida de todo aquello que se encuentre en las inmediaciones.

Más allá de sus vestiduras habituales, llevaban consigo dos accesorios que los distinguían entre sus vecinos desde hacía cuatro años: en Esperanza, un río de lágrimas que no se secaba; y, si Damián no estaba cerca, con un pañito —el segundo accesorio—, se formaban hondos pozos de sufrimiento líquido bajo sus pies, que, de no mantenerse a raya, podrían causar una inundación. Una que, a pesar de la sequía de más de trescientos años en Las Cabirmas, la gente miraba con animadversión en vez de asombro.

Tenían una historia conocida en Las Cabirmas, aunque poco comentada. Era evidente que la gente temía que, al hablar del asunto, se les pegara algún mal. Se inquietaban de una manera irracional ante aquella mala suerte que supuestamente brotaría por entre las tablas como un vaho negro, hasta llegar a todos.

Desgraciadamente, conocía la raíz de su sufrimiento.

Tuvieron cuatro chiquillos que se fueron muriendo uno por uno al cumplir los tres meses. Súbitamente. Mamaban teta, sonreían y lloraban de forma estridente como cualquier recién nacido. Pero se morían. Un día cualquiera —independientemente de la hora—, sus ojos se abrían y terminaban envueltos en la abominación. Se les extendía, desde el corazón como punto de partida, un color púrpura que se abría paso como raíces mortíferas en todo el cuerpo. Las extremidades se les engurruñaban y se les cerraba la garganta, obstruyendo el paso de los alimentos de modo infernal. Al intentárseles alimentar, la leche salía a borbotones sin encontrar la forma por donde entrar a su intestino.

Terminaban como frutos secos, envueltos bajo su propia piel.

Cuatro tuvieron ese destino.

El quinto había nacido hacía unas diez semanas. Ahora los padres, con la piel en los huesos, enjutos por las jornadas de duelo que se extendían durante horas, tenían confianza en que la abuela podía arreglar esa torcedura que les había puesto la vida patas arriba. Una torcedura que aparecía como los remolinos rojos de tierra y yerba seca que se formaban frecuentemente en las casas de Las Cabirmas y que no se podían desbaratar sin las oraciones de un creyente.

Durante esos instantes donde el dolor se convierte en una fuerza cegadora, agarraban sus ropitas, las olían, imaginando futuros poéticos donde la muerte acechaba a la vista, pero sin meter sus manos.

Justo ahora, la pareja atraviesa el pasillo enfrentando una lucha parecida a la que vivían los griegos en la Acrópolis mientras hacían el mercado, evitando los golpes de hombros y los choques casuales con otros visitantes. Ahora yacen parados frente a la puerta de la habitación. Esta se abre y suelta un ruido engorroso. Un sonido siniestro que araña los tímpanos y no cede hasta que la puerta se ha cerrado nuevamente. Cuando por fin sucede, los visitantes que están en fila se quitan las manos de los oídos y tuercen el cuello tratando de ver inútilmente en la oscuridad.

Las cabezas de los visitantes formaban una hilera irregular que se extendía desde la puerta de la habitación de la abuela hasta el patio, donde daba varias vueltas formando una figura parecida a la de una culebra. Salí del pasillo, que era un rectángulo asfixiante, y comencé a contar las cabezas desde ese punto hasta la cola de la culebra.

«Uno, dos, tres, cuatro, cinco...»

La hilera se asemejaba a un reptil de un crisol de colores exquisito, formado por la ropa, los sombreros y las calvas brillando al sol.

«Diecisiete, dieciocho, diecinueve...»

Me entretenía sobremanera contar y el hecho de que fueran cabezas —peinadas, despeinadas, sucias, limpias, con piojos, con canas, con olor a naranja o a limón— lo hacía aún más fascinante.

«Ochenta y cinco, ochenta y seis, ochenta y siete...»

Mi conteo terminó en ochenta y ocho, sin contar los que habían salido durante la mañana.

El contar cabezas me dio sed, así que me trasladé desde el patio hasta la cocina. El lugar era un horno. El reloj marcaba las once de la mañana y las láminas de zinc habían absorbido el calor matutino, por lo que aquello parecía un invernadero improvisado.

Me embelesé al encontrarme de frente con ese espacio atestado de visitantes y del caos que era inherente a su presencia. Por un lado, el piso lleno de migajas de pan; el fregadero, lleno de tazas, jarros y cucharas sucias de café; y, por otro, parte de la vajilla de la abuela —esa de porcelana que nunca sacó, pero que puso junto a otras, formando una configuración que desafiaba las leyes de la física y que, ante cualquier intento de abrir el gabinete, saldrían disparadas como proyectiles—, destrozada en el piso.

Me causó una congoja por demás molesta esa escena.

La sed se me había escapado. Y fue lo mejor, porque, entre el tumulto, no había posibilidad de que pasara hasta la tinaja.

En medio de aquel avispero, los visitantes formaron una masa humana en la que estaba atrapada. El calor y la considerable cantidad de cuerpos en un espacio pequeño, como la cocina, de pronto comenzaban a estrangularme. El camino de mis vías respiratorias se había convertido en un sitio intrincado, difícil de transitar. No tuve otra opción que respirar despacio. Aunque no bastó. Fui, por así decirlo, embestida por la inconsciencia. Como si me encontrara en una ola violenta que se agrandaba mientras luchaba por superarla.

Sin más opciones, me dejé llevar.

Cuando fui consciente de mí, estaba vuelta un ovillo en la sala. En ese momento, ellos salían de la habitación de la abuela con un halo espiritual que los visitantes veían extasiados, probablemente deseando lo que ahora ellos tenían. Sin saber que para todo hay un extenso manual de reglas que cumplir.

La desventurada pareja sale con un pedacito de papel onírico en sus manos. Triunfantes, era probable que llevaran en él la salud del quinto. Sin embargo, era difícil saberlo. No se podía saber nada de lo que sucedía en la habitación.

Ante la duda que me causaba y por falta de información, decidí ir a la parte baja de Las Cabirmas, detrás de ellos, como una silenciosa cazadora con patas de algodón.

Mis chancletas de malla blanca se habían tornado de un tono rojizo. Lo mismo me pasaba en el cabello, donde se estaba formando una capa superficial de polvo. Si ellos bajaban, yo bajaba; si ellos se metían a la izquierda por el callejón, pasando por la casa de Manuel el cojo, yo pasaba, y el hombre tullido me lanzaba un beso. De niña me metía entre esos recovecos, cuando las casas eran pocas y había grandes separaciones entre ellas. Hoy en día, las casas se han multiplicado, separadas por pocos metros, dando la sensación de ser una casa gigante que ocupaba la mitad de la parte baja de Las Cabirmas.

Cuando esos cuerpos lacrimosos llegaron a su casa, comenzaron inmediatamente lo que era casi un ritual para la gente que vivía en la parte baja. Tomaron un plumero —una herramienta improvisada hecha con plumas de gallo, gallina o pato y un palito delgado de bambú— y empezaron a deshacerse de las motas de polvo. Era una herramienta característica que casi todos tenían en las esquinas de las galerías. En ese momento, de manera fortuita, se apropió de mí la envidia. Yo quería tener ese plumero y tumbarme el polvo. Pero, como era una sombra en esa aventura, opté por solidificar mi espíritu y tolerar.

Esperanza entró hacia la casa sin lágrimas en los ojos, mientras que Damián se movía a la derecha del patio, hacia una jardinera seca. Por primera vez, en años, separados. Introdujo sus dedos en ese espacio abandonado por la vida y plantó el trozo de papel onírico. Con las manos, movió los terrones de tierra y lo arrulló con ternura; se puso de pie, sacudió sus manos y entró hacia la casa.

Con un estrato de menta, envolvente y penetrante, detrás de mí, me moví hacia el punto de interés —la habitación— y, una vez allí, me puse en una posición parecida a la de cuclillas. Lamenté que el camino había violentado las plantas de orégano.

Después, miré analíticamente por entre unas brechas. Las ventanas estaban abiertas y la habitación estaba en silencio. Debajo del corral gris, con bordes azules, de la criatura yacía una alfombra a la vista suave, tibia como una nube, y hecha de felpa azul. Por encima pendían animales de diferentes especies. Giraban en un ciclo eterno sobre el quinto.

Los padres entraron descalzos y con pasos medidos. Al acercarse al corral, Esperanza lo tomó en sus brazos y lo observó junto a Damián con la ternura propia de quienes han engendrado. Una risita dulce inundó aquel espacio silencioso y los padres se entregaron al regocijo. Los signos que una vez fueron calamidad se habían retrotraído en su totalidad. No había caminos púrpuras de muerte, ni desnutrición ni silencio. Solo vida en unos ojos saltones e inocentes.

Pasado un rato, Esperanza se sentó a amamantar a la criatura en la mecedora. Damián salió a la galería a fumarse un cigarro mientras miraba al monte que se erguía como un gigante rocoso, semiárido y con formaciones rocosas envueltas en una bruma ocre. Un viejo símbolo de los años de sequía.

Por la posición, estaba suponiendo, un calambre me castigaba desde el pulgar hasta la ingle. Al presenciar la manifestación de un deseo había perdido el dominio de mi cuerpo. Me puse de pie con destino a salir de la propiedad privada y me di la vuelta de manera discreta.

Un grito ahogado invadió la habitación y salió disparado hacia todos los puntos de Las Cabirmas. Tenía la esencia de un eco desgarrador que me paralizó e hizo que Damián se apresurara hacia la habitación, mientras el sonido de sus pisadas parecía maltratar los tablones del piso. No me quedó de otra que retroceder los mismos pasos que di desde que me paré y ponerme a mirar de nuevo por la brecha.

En los brazos de Esperanza, doscientos setenta huesos que se iban haciendo polvo entre las lágrimas de desesperación. Doscientos setenta, y no doscientos cuatro como un adulto.

Me afligía haber aprendido, hace mucho, en un libro de ciencias de la naturaleza, esa diferencia entre el esqueleto de un niño y un adulto. A diferencia de las ilustraciones,

donde los huesos tenían un blanco amarillento, los de la criatura tenían un color marrón rojizo, parecido al óxido. El quinto, sin que comprendiera cómo, se había vuelto un cúmulo de huesos que iban cayendo, sometidos por la fuerza de gravedad.

La caída de los huesos no era seca. El sonido era similar a la caída del aluminio en el piso. En ese momento me invadió la sensación de enfrentarme a algo que esperaba y ante lo que me había puesto un velo de falsedad. Aunque la muerte no me asustaba, ya que se paseaba entre nosotros en el pueblo, en mí había despertado una chispa de humanidad que ahora me tenía aturdida.

Como pude, salí huyendo. La discreción me importó un comino en ese momento, aparte de que el recital fúnebre de Esperanza ensordecía todo a su alrededor.

Me marché. Subí la pendiente en un estado de enajenación. Al llegar a la casa no pude abrir el portón negro. Una masa de personas se había apoyado en él, hablando de los resultados de la lotería y de Frank.

Sucedía que la comisión del duelo le había hecho una visita y, tratando de huir como un ser pusilánime, prendió fuego a su casa. Al mirar hacia la parte baja lo confirmé. Columnas de humo negro se alzaban y eran barridas por el viento hacia el noroeste. El espíritu de Frank se rostizaba entre las columnas y luego se perdió entre uno de los páramos próximos al monte.

Los visitantes no escucharon mis toques en la puerta. Entre las conversaciones que se daban en los diferentes puntos de la casa, el sonido de mis nudillos se enmudecía. Así que di la vuelta. Me metí por un rincón del patio, no alambrado y cubierto por las cayenas. Me arrastré como una salamandra, mientras traumatizaba mis rodillas.

Entré. Tenía un aspecto de pordiosera: el pelo sucio, con aspecto de no lavarse en días. En lo que respecta al vestido y las chancletas, fueron invadidos por una capa de manchas que opacaban su color original. Necesitaba un baño, me dije, pero ¿cómo? No había forma de hacerlo entre el tumulto. Por la posición del sol supuse que eran casi las dos, y me hice con una toallita que mojé en el fregadero, donde me quité un poco el sucio.

Más relajada y limpia, me incomodó un cuchicheo que se extendió desde la puerta hacia los diferentes espacios de la casa y de ahí al patio, hasta llegar a mí, de boca de Sonia, un elemento de unas trescientas libras que yacía cómodamente en un tronco, más o menos cerca de mí.

—Guindaron los tenis —dijo la mujer con un gozo malicioso.

Cuando alguien guindaba los tenis, se moría. Y si alguien se moría, la voz y la forma de llorar se alteraban. La voz, aunque la misma, adquiría un tono más grave. Además, en Las Cabirmas, los rumores de muerte se extendían más rápido de lo que una podía esperar.

—¿Otra vez? —expresó una mujer de forma casi despreocupada. Su semblante era invisible detrás de Sonia y la monumental extensión de su cuerpo—. Ya estaban muertos en vida —sentenció.

Sonia se pasaba las manos por los pocos pelos rubios que tenía en la cabeza. Luego mordió un pan de maíz y siguió dándole rienda suelta a su conversación sobre el tema.

Muchos estaban en esa condición: muertos en vida. Pero, de manera particular, pensé en los únicos muertos en vida que habían visitado la casa, los únicos que seguí y que vi cómo su criatura se les hacía huesos en las manos.

VII

Me dispuse a olvidar el asunto. Sentí que mi mente y espíritu no habían alcanzado el nivel de claridad necesario para entender la muerte. Podía sentirla como una sombra que no requiere de luz para seguirte y atraparte, sino del tiempo; tiempo que inexorablemente comparece en múltiples manifestaciones.

Me giré en forma melodramática y puse un muro de distancia entre aquellos negros fonemas que salían de la boca de Sonia para irme hasta el cambrón. Una tabla maltratada por las inclemencias del clima, junto a dos trozos de soga azul, formaban un columpio debajo de la sombra del árbol ancestral. Allí los cuchicheos y habladurías parecían encontrar un muro y yo, unos momentos de paz. La brisa de las cuatro me rozaba el cabello. Tenía un tono entre cálido y frío que atravesaba las ondulaciones de mi pelo castaño, bajaba por la espalda y explotaba en algo parecido a la excitación en los hoyuelos de mi cadera.

El aire me mecía con vigor y delicadeza mientras veía la casa. Vista sin cubierta, era un cubo de grandes dimensiones de color lila y un techo a dos aguas que formaba dos pendientes de zinc gris que desembocaban en un vértice. Sus muros estaban hechos de madera de pino criollo, donde una encima de otra recubrían formando una capa parecida a la piel de un armadillo, con apenas espacio para que los rayos de luz entraran en ella. Desde aquí —de este a oeste— apenas veía una parte de la galería. Esa área estaba formada por dos columnas techadas con un toldo de poliéster rojo y, de entre las pocas cosas de concreto que daban lugar a la casa, tres pasamanos se unían formando lo que parecía una “U” invertida. Desde la galería hasta la frontera formada por las cayenas, cuyas hojas menstruaban flores de color carmesí, se extendía un mar de grama parecido a una capa de terciopelo verde. Entre esa grama, la casa parecía un continente perdido, donde ciertamente había vida, pero donde la sensación de aislamiento podía lacerar el alma de los vivos.

La otra parte de la casa tenía sus diferencias. A la derecha se observaba la parte frontal, donde una extensión del piso interior, rústico, con pequeñas piedras incrustadas, de no más de un metro, se extendía hacia fuera formando una plataforma que quedaba a la intemperie. Estaba decorada apenas por una alfombra diminuta de

plumas sintéticas —del mismo ancho de la parte baja de la puerta— y dos mecedoras de plástico marrón. Dicha puerta había sido hecha a mano por el abuelo.

Según me contó de la siguiente manera: unió cinco tablas verticales con varios travesaños, probablemente de caoba, debido a su mantenimiento y buen aspecto, y luego colocaron abundante barniz que, con el pasar de los años, había formado una capa que alcanzó un buen grosor. Encima de ella, un sonajero con tubitos de metal que nunca sonaron y una penca de sábila para espantar los malos espíritus.

Tuerzo la vista más a la derecha, mientras el viento huye y me deja inmóvil. Veo cómo el portón negro se abre pausadamente y la multitud que hablaba de Frank, los muertos y loterías retrocedía y se dispersaba de manera casi instintiva. La figura, un hombre de traje blanco, probablemente de lino, flotaba entre la multitud y parecía hacerlo directamente hacia la casa. Su traje se alargaba hasta la rodilla, entallado elegantemente en el dorso. Tenía una hilera de botones que desde aquí no logro contar. Cuando entra a la casa, con la arrogancia de una presencia que se visualiza todopoderosa, lo perdí de vista. Los cuchicheos y habladurías parecían enmudecer en forma paulatina, bien por la llegada del hombre o por la turba que le acompañaba con libros entre los brazos y ropas elaboradas con lino. Parecían un desfile de espíritus blancos.

Me acerco y lo noto. El olor de sus intenciones se esparce como un trastorno.

—Dios esté con ustedes —expresó la voz en un tono elegante con una estela de dureza.

El tropel de recién llegados repitió al unísono la misma frase. Los visitantes se extrañaron, mas no rompieron filas.

—Me urge hablar con Filomena —sentenció—. ¿Dónde se encuentra?

El silencio seguía reinando. Los que desde tempranas horas habían empezado a comer café con pan se detuvieron de golpe. Las migajas caían en el mantel oscuro del comedor modelando una galaxia a la que los comensales contaban sus cuerpos

celestes. Tal vez evitando la engorrosa situación de estos visitantes que llegaron sin ser invitados.

—Parece que no se me ha escuchado bien. Hijos míos, ¿dónde está Filomena? —su tono altivo y amenazante empezaba a fastidiar a los visitantes. Algunos torcieron la boca y se cruzaron de brazos.

Sudaba frío desde la entrada. Enajenada en mis adentros, por la desagradable ocupación.

—Buenas tardes, padre. Vaya sorpresa, por aquí es raro verlos. ¿Cómo le va? —dice el abuelo.

Escucho su voz saliendo del pasillo. Sereno como un prado verde y apoyado en su bastón que soltaba un golpeteo seco.

—Buenas tardes, señor…

—Teófilo Castillo —completó el abuelo, saliendo al espacio de la sala.

—Señor Teófilo —repitió el padre—. El sendero es muy irregular. Terribles hoyos y pendientes parecían haberse confabulado en contra de nuestra misión. La misión del Señor. Y sobre todo cuando su casa está en boca de todos por motivos cuanto menos particulares.

—Ah sí, vaya…

—Sí… se oye en la ciudad que en Las Cabirmas andan faltándole el respeto a nuestras creencias.

El recién llegado miraba en todas direcciones cuando pronunciaba sus frases.

—Aquí no se profana nada, padre. Aquí se dice y honra lo mismo que en el lugar de donde usted viene. Solo que en todas sus formas —aclaró el abuelo, imperturbable, a diferencia del invasor, cuyas palabras eran altivas.

—¿En verdad usted tiene el valor de comparar esto con la Palabra de Dios? —al lanzar aquella pregunta señaló al gentío con desprecio.

El abuelo entra en la cocina dando pasos torpes con su bastón. Enciende su cachimbo con el encendedor que se encuentra cerca de una de las hornillas de la estufa.

Escuchamos cada movimiento suyo con curiosidad.

—No me malinterprete, hombre —dijo en un tono más calmado—. Me dicen Silvestre Alarcón, vengo en representación de la Iglesia. Quiero, en principio, hablar con la señora de la casa, Filomena Casimira García de Castillo. ¿Dónde está?

—La señora de la casa está ocupada y usted ha entrado aquí sin consentimiento. No me gusta la forma en que usted viene a hablarnos, señor —expresó el abuelo desde la cocina—. Bajo esas maneras en las que llega, no es bienvenido.

—Tengo derecho a entrar aquí, y a donde me plazca, para poner fin de una vez por todas a este tipo de prácticas. ¿O acaso duda de que soy un enviado de Dios? —dijo el sacerdote, visiblemente desconcertado.

—No todo enviado entra sin tocar, padre —sentenció el abuelo, ya reincorporado a la sala—. Esta casa y la tierra donde fue levantada son propiedad de mi familia, y eso hasta Dios lo sabe. Sé que le sorprende: tenemos templos, aunque no tengan forma de iglesia. Pueden estar bajo la sombra de un árbol o en una casa sencilla y humilde… como la que ahora pisa usted.

El séquito que acompañaba al sacerdote comenzó de repente a leer el libro que llevaban entre los brazos. En un tono bajo pero cuyo murmullo se esparcía por todos lados.

—¿Está afirmando usted que esto es similar a una iglesia? Es absurdo lo que sugiere. En primer lugar, cualquier iglesia debe estar aprobada por la institución que representamos. La misma que nos envió con urgencia ante la posible pérdida de nuestros corderos.

El abuelo ríe.

—He escuchado que aquí se están haciendo cosas fuera de lo natural… milagros retorcidos y muertos que no se van. Entonces, ¿qué adoran ustedes?

—A lo mismo que usted, solo que en todas sus versiones.

El padre guarda silencio.

—Ustedes aman al Dios que da la vida. Nosotros también. Pero aprendimos a amar también a quien la quita, porque, ¿quién más puede hacerlo sino Él a través de sus acciones?

—Eso es demasiado peligroso, señor. El enemigo se puede disfrazar de muchas formas retorcidas —apuntó el padre Alarcón.

—Incluyendo túnicas blancas, padre —repuso el abuelo.

El sacerdote miró detenidamente la casa y a los visitantes. Respiró hondo, como buscando dentro de sí una respuesta certera.

—¡Esto está lejos de ser fe, es paganismo! —exclamó, levantando una de sus cejas poblada de un pelaje blanco y grueso.

El abuelo se rió de forma tierna. Una risa contagiosa que el centenar de visitantes acogió como suya y la repitieron.

—Padre, ¿por qué aquí dentro usted no flota? —dijo el abuelo. El padre Alarcón se miró los pies, sorprendido, al notar cómo súbitamente aterrizaban en el piso.

El abuelo se cansaba fácil. Después de un cuarto de hora tenía imperiosa necesidad de regresar a su cuadro. Entonces, levantó su bastón solemnemente en dirección a la puerta.

—Mejor márchese. No vaya a ser que se le tuerza el alma por mirar lo que no entiende.

El sacerdote volteó a ver a su séquito, quienes se encontraban presos de la impresión. Luego volteó hacia el abuelo con el rostro y el cuello enrojecidos. Parecía tener un río de palabras represado en la garganta.

—Me retiro —dijo en tono derrotado. Se encontraba fuera de la casa y ya flotaba sobre el suelo nuevamente—. Si Dios quiere, nos veremos —anunció.

—Vaya con Dios y por la sombrita —dijo Amantina desde la parte frontal—. Él también camina por ahí.

El portón negro se abrió de par en par, dejando entrar parte de los tentáculos de la nube roja de polvo. Se escuchaba cómo Silvestre Alarcón, flotando, y sus acompañantes, caminando con prisa, eran arropados por la polvareda e invadidos por una tos seca que provocaba incomodidad al escucharse.

VIII

La última oración del padre Alarcón resonó en mis oídos durante las siguientes horas. Estuve a punto de sumirme en un estado de preocupación. Dichas palabras tenían varias capas; si buscabas con atención, en el fondo se encontraba la declaración de enemistad de alguien que decía contar con la anuencia de Dios. Para mí, más bien contaba con una asociación de aduladores que le seguían los pasos allá donde fuera. No de Dios, quien probablemente tenía mejores asuntos que atender.

Me sorprendía encontrarme ante una escena casi calcada a aquellas que escuchaba por la radio, cuando el país se agitó tras la caída del presidente del sesenta y tres. En casa no conocíamos a los políticos por sus nombres; los identificábamos por los meses o los años en que sus voces o sus sombras se colaban en las noticias que interrumpían las radionovelas. Del presidente del sesenta y tres apenas guardaba retazos: frases sueltas, rumores filtrados entre canciones y comerciales. En el pueblo, esa era la forma de entender la política, si es que llegaba a entenderse. Desde que tengo memoria, los conflictos del mundo exterior parecían de otro universo; entre los caminos intransitables y la sequía que nos quemaba hasta los huesos, Las Cabirmas había quedado suspendida en un olvido tan profundo que ni el eco se atrevía a cruzarlo.

El accionar de la gente de la ciudad, como solíamos llamarlo, era extraño. A veces, tema de debate incluso. De entre los miembros de la familia, era el abuelo el único a quien se le escapaban comentarios políticos que luego trataba de disfrazar con un «Pero qué más da lo que hagan esas gentes...». Por ejemplo, el caso del presidente del sesenta y tres fue curioso por su corta duración dirigiendo allá abajo, en la ciudad. Su mandato fue efímero pero escandaloso, en el sentido de que se había enemistado con la gente de poder. Gente que yo imaginaba flotando como el padre Alarcón. Los consideraba incoherentes por la forma caótica en que elegían y quitaban gente, y en cómo promulgaban y cambiaban leyes.

Aunque no se decía públicamente, en Las Cabirmas considerábamos a esa gente peligrosa. Sobre todo por las ideas que nos hacíamos mientras escuchábamos la radio durante años de muerte y crisis. Lo más inquietante era que pensaban como un solo organismo, una mente multiplicada en cientos de alas y aguijones. Eran como las

avispas de los platanales: basta rozar a una para que todas se lancen, ciegas de furia, contra el intruso. A veces, sus nidos se escondían en una hoja de plátano caída, tendida sobre la tierra como una trampa natural. Nadie podía distinguirlos a simple vista. Entonces, el desastre ocurría: un pie descuidado pisaba la hoja y, en un instante, el aire se llenaba de zumbidos rabiosos. Las avispas, poseídas por una misma locura, atacaban sin tregua, como si el mundo entero se redujera a castigar al culpable.

Ese escenario explicaba bien cómo eran las personas de la ciudad como el padre Alarcón.

Para él, seguramente se había vuelto un asunto personal. Vendría eventualmente con más avispas, enfurecidas y sin poder vislumbrar el hermoso trabajo de la abuela. Así se manejaban siempre las situaciones de la ciudad, salvo algunos periodos de excepción.

En la radio, apenas hace unos meses, tras la salida del presidente del sesenta y tres, se había hecho imperativo ir detrás de los enemigos de Dios. Solían, por lo que oí, condenar y luego averiguar las razones. Y el abuelo dio muy buenas razones, pero ¿las entendió el padre y su gente? ¿O pasaría lo que se había vuelto común en los últimos días? Una caza disfrazada de cruzada que se había materializado y puesto sus pies sobre Las Cabirmas.

Aquí siempre se tuvo libertad de adorar a Dios, a nuestra forma. Nunca hubo necesidad de una carta magna para hacerlo. Sin embargo, últimamente sí; el pensamiento colectivo había ganado muchos adeptos como el padre Alarcón. Para él, nos habíamos convertido en un problema que se expandía como ondas en una laguna tras la caída de una piedra.

Dejé de pensar en el padre y en los políticos de la ciudad. No había forma de que pudiera seguir dándole vueltas a esos pensamientos, pues, a las seis de la tarde, empezaron a brotar los gritos de Damián y Esperanza. Unos chillidos ahogados que, como un trueno, se te aparecían súbitamente, metiéndose por los oídos hasta tocarte el alma y abrirte los lagrimales con llaves misteriosas de lloro. Era una sensación tierna e insoportable; quienes escuchan —los visitantes, las aves que empiezan a escalar los palos y yo— nos conmovemos ante ese sentimiento que se eleva como humo de

incienso desde el llano. Los visitantes que se encuentran en el patio lo confirman. Les invade un llorar silencioso que parte desde lo más profundo de su ser y les baña el rostro.

Hemos sufrido con ellos la pérdida del primero, del segundo, del tercero, del cuarto y ahora del quinto, pero sabemos que su deseo de extender su estirpe se había convertido en un capricho irrealizable. Por eso lloramos y no hacemos suposiciones acerca de lo que sucedió esta tarde y lo que vi en aquella habitación. Era simple. De hecho, el trabajo de la abuela lo es. Tendrás un deseo, por derecho y por generación; si no, la puerta no se abre, y para ellos se abrió. ¿Por qué? Tal vez por simple capricho de Dios, o de la abuela. No se sabía a ciencia cierta qué te permitía entrar y qué te detenía.

Algo que sí teníamos claro es que los deseos no son buenos ni malos. De hecho, son aspiraciones vacías en papel que florecen dependiendo de con qué los riegues. Eso no depende de Dios ni de la abuela, sino del alma que es bendecida.

Los deseos podían florecer en el jardín de tu patio o regarse como una enfermedad desde donde fueron sembrados hasta pudrirte el alma. Como sucedió con Damián y Esperanza, y como con muchos otros de los visitantes que han entrado y salido, cuyos gritos empezarán a inundar Las Cabirmas hasta que sus portadores mueran lenta y dolorosamente.

Aunque esto no significa que otros deseos no se materialicen en forma de fortuna. Hay más de ese tipo, pero hacen menos ruido. La felicidad es un estado de plenitud silencioso, cuya duración es breve y su efecto discreto. A diferencia del dolor. Aquellos que lo sufren tienen la imperiosa necesidad de gritarlo y provocar el nacimiento de la empatía en otros corazones.

La mancha en el alma de Esperanza era visible. Aunque la escondía detrás de sus ropajes oscuros, todos veían cómo sus raíces se extendían entre los cinco partos que tuvo. Incluso la misma Esperanza, mucho antes de caer en la espiral en la que se encontraba, era consciente de que su deseo acabaría con todo lo que considerase

amado. Hace unos años no le preocupaba sacrificar lo que fuera necesario para lograr lo que quería. Con «ese entonces» me refiero a hace siete años.

Una de esas noches, de las tantas en que Damián se dedicaba a arreglar la radio y Esperanza se reunía con la Abuela y Amantina, yo fingía hacer cosas sin sentido para escuchar discretamente. Las mujeres jugaban al tres y dos, y entonces Esperanza insistió en que la Abuela le leyera la taza. La Abuela se negó, no por falta de habilidad, sino por la debilidad de quienes insistían y se amargaban al escuchar cosas que no esperaban.

«No quiero lloros, mija. Y menos en un rostro como el tuyo. Se arruinaría con lágrimas rodando en dirección hacia abajo», decía la Abuela. Esperanza sonreía jovialmente hasta que la convenció. La Abuela iba directamente al grano: a lo importante y a las cosas que, en la taza, torcerían la vida para bien o para mal.

«Ay, mija... con él —decía la Abuela, apuntando a Damián— la semilla no brotará».

Luego emergió un silencio que se extendió en ese pequeño rincón de la galería donde las mujeres jugaban, sin llegar a la sala donde se encontraba Damián.

En ese momento, para ella todo empezó a cobrar sentido. Había encontrado la razón por la que, a pesar de consumar su amor como animales una y otra vez en un mismo día, no podían concebir la criatura que tanto deseaban. Esperanza era inquieta y selló como un secreto la lectura de la taza de la Abuela y la infecundidad de su marido.

Se hizo a la idea de que las gónadas de su marido eran un yermo cuya semilla no tenía forma de germinar. Entonces se le ocurrió llenarse de otras semillas. Y de otros hombres de la parte alta y baja de Las Cabirmas. De manera que las criaturas empezaron a brotar como sus lágrimas al ser tomada e impregnada por otros que, aunque le daban lo que deseaba, le hacían sufrir como en los peores de los castigos.

Estaba segura de que todos lo sabían… menos Damián. Y aun así, eso no le restaba un gramo de desconsuelo a su historia.

Cuando los gritos subían hasta la casa, se podía notar cómo los de Damián se ahogaban, sin vigor, mientras los de Esperanza retumbaban y peleaban por

permanecer en el aire por más tiempo. Era un dolor que le rompía el pecho dos veces: una por traicionar la confianza de su marido —al cual amaba, al punto de condenarse— y otra por el infortunio reiterado de la muerte de sus criaturas.

Las semillas ajenas brotaban y se convertían en momentos de dicha efímeros. Pero el deseo, tonto por demás, de Esperanza se había convertido en un duro golpe en sus almas. Huesos y polvo. A diferencia de sus otras criaturas, que morían con cierta dignidad y parsimonia. Al escuchar los gritos, me pregunto: ¿por qué no dejar que el quinto tuviera el mismo destino que los demás y no pedir la fertilidad de Damián? Todo apuntaba a que Esperanza fue víctima de un capricho y se llevaría a Damián entre sus faldas.

No había cuerpo que soportara la intensidad oscura del dolor de sus gritos.

—Buenas noches, muchacha —dice la voz detrás de mí.

Me encontraba sentada en un tronco, con las piernas cruzadas. Al volver a mí, veo mis rodillas raspadas y el vestido roto.

—¿Cómo aguantan este martirio? Por Dios, es terrible —se quejó la voz desde atrás.

Tenía el aire de la juventud y un tono exótico. El viaje de sus palabras por mis oídos me hizo buscar en el banco de la memoria alguna referencia. No la había. La forma en que hacía énfasis en las vocales me parecía venir desde otro punto del mundo.

—Entiendo que no quieras hablar conmigo —dijo. La voz tenía una exquisita pronunciación de la «S».

Sin verlo aún, ya que estaba a mis espaldas, me preguntaba: ¿por qué no querría hacerlo? No bastaría mucho para responderme yo misma esa pregunta.

Al girarme, ahí estaba él, estático, con una hermosa sonrisa en el rostro. Los rizos se movían en la misma dirección del viento de la tarde de una manera estupenda. Me perdí por un lapso en que sentí cómo se detenía el tiempo y me permitía admirar al recién llegado junto a las piezas exóticas de su ser que, al juntarse, formaban una figura que me provocaba sentimientos encontrados.

Su físico era exquisito. Lo reconocí de inmediato, pero al ver sus ropas, blancas, holgadas y de lino, sentí un rechazo insondable que me heló el alma. Eran idénticas a las que portaban los acompañantes de Silvestre Alarcón.

Aunque el rechazo estaba presente, había una serie de sensaciones que me ahogaron en preguntas que, de poder hablar, hubiese aclarado de inmediato para encontrar calma en la tormenta que me azotaba.

Regresé nuevamente a mi posición inicial y le di la espalda. De poder hablar, no lo haría con ese sujeto.

—Espero que puedas disculparme… Me llamo Lauri —pronunció, y luego giró para situarse frente a mí. Yo mantenía la cabeza baja, esquivando sus ojos—. La verdad… no estoy del todo seguro de por qué acompañé al padre Alarcón hasta aquí. Supongo que no era mi asunto… o quizá sí, pero de una forma que ni yo termino de entender. Soy misionero. ¿Sabes realmente lo que es eso?

Sí sabía —¡lo sabía muy bien!—, había tenido tanto tiempo para leer que conocía la existencia de mil cosas que jamás vería de manera personal. Pero el tono de su pregunta, paternalista, irritó mi fuero interno.

—Un misionero... —dijo en un tono claro y pedagógico, como quien quiere enseñar cosas que le resultaban estupendas— es una persona que abandona la comodidad de sus tierras para cumplir con la misión de Dios.

Tal como lo pensé, pero ¿a mí qué?

—Llevo casi un año en la ciudad. He hecho muchas cosas… además de invadir casas en el campo —bromeó con un destello de ingenio—. Llevamos alimentos a la gente y enseñamos a leer a quienes no saben.

«A los analfabetos», completé para mis adentros. Así se llaman.

—Pero he visto y oído tantas cosas desde que puse pie en Las Cabirmas que no sé ni qué pensar. Por un lado, no dejo de creer que este templo improvisado es una manifestación del mal, pero por otro, he llegado a pensar que solo es una extraña

extensión de Dios —expresó en un tono que iba desde la humildad hasta la duda—. Tal vez me puedas ayudar a entender.

¿Por qué yo y no Sonia o Amantina o alguna de las decenas de mujeres que rondaban de aquí para allá en la casa? Sentí que el espacio que ocupaba junto al desconocido se encogía hasta un punto asfixiante. Si uno de los dos no rompía el silencio que se había formado, como una barrera que impedía que los lamentos de Esperanza y Damián llegaran, la incomodidad me llenaría de ronchas. Quería romper lo que sucedía, pero me negaba a levantar el rostro.

—¿Me entiendes? ¿O es que mi español es demasiado malo?

Su español era realmente raro, pero lo entendía. Y, ante aquellas preguntas que se habían sumado a una lista que se extendía peligrosamente, solté una risita de manera incidental.

Entonces asentí y pude mirarlo. Estaba sonriendo. Y unos segundos después, ambos lo hacíamos.

—¡Ya sé! Te cuesta hablar. Entonces, veamos si podemos hacerlo de otra manera.

Entusiasmado, dejó caer un macuto de los que se fabricaban en los campos y se exportaban a la ciudad. Luego sacó una libreta, del tamaño de un libro de bolsillo, junto a un lápiz amarillo con la punta gruesa.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó.

Luego puso el lápiz y la libreta en mis manos. La abrí y contemplé un sinnúmero de anotaciones que en ese momento no analicé demasiado.

Entonces tomé ambas herramientas y escribí, torcido y medio feo: «Me llamo Salomé».

—Un placer, Salomé. Yo soy Lauri —repitió. Aunque ya lo sabía, lo había aprendido la primera vez que lo escuché—. Soy de un país llamado Finlandia, poco o nada parecido al tuyo, pero con cosas interesantes también.

«¿Las personas de Finlandia suelen ser tan necias?»

Escribí, más feo que la nota anterior.

Él se rió en un tono alto, como si le hubiese contado una ocurrencia.

—Oh, no. Los hay peores, Salomé. Soy un pan de Dios si me conoces bien. ¿Qué tal si me conoces mejor y me ayudas a entender lo que sucede?

«Qué más da».

Escribí. Él leía fascinado.

—Veo que te raspaste las rodillas... déjame ayudarte —dijo con cierta intranquilidad.

Lo observaba de arriba abajo: cada rasgo, cada peca y los diferentes tonos dorados de su pelo, mientras él sacaba un envase pequeño con un líquido transparente y un trocito de algo parecido a un paño, pero con muchos hoyitos, de su macuto.

—Va a arderte, Salomé... Perdona.

Y así fue. Solté un grito imperfecto, que salía fragmentado de mi garganta, y sentí cómo el raspón ardía. Cuando sentía que la quemazón se iba, Lauri me pasaba el pañito parecido a la tela de un mosquitero. Sentía como si la piel se me estuviera chamuscando.

—Aunque te duela, estarás mejor y no vas a agarrar una infección.

«Gracias».

Escribí. La «G» era una letra que me salía muy estilizada.

Menos mal que el desconocido me quemó la rodilla, porque sabía muy bien que una infección ahí podría ser peligrosa y llevarte un par de días a la cama con fiebre o matarte.

«¿Quieres tomar café?»

Propuse. Mi letra era un poco más bonita esta vez, ya que me tomé mi tiempo e hice cada trazo con alma. Aunque, si la «G» me salía bien, la «Q» parecía un adefesio: una “O” que se desangraba, torcida y fea.

—Me encantaría —dijo entusiasmado.

Entonces caminamos hacia la cocina —llena hasta su máxima capacidad— mientras los visitantes abrían camino al ver a uno de los provocadores esbirros del padre Alarcón. Su reacción parecía indicar que Lauri estaba apestado, aunque no era así. En cuestión de minutos, la presencia de Lauri había logrado que la cocina se vaciara por completo. Me puse a buscar con la mirada las cosas que necesitaba para colar el café, y aquello fue muy complicado, ya que los visitantes se habían llevado la greca, las tazas, cucharas y hasta el café. Aunque de esto último quedaba un poquito en el fondo del frasco.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó, supongo que aterrado por el desastre. Al caminar, vi que las migajas de pan se le pegaban en sus zapatos marrones.

Negué con la cabeza e hice una seña para que me siguiera al pilón y me dispuse a resolver aquel problema. Las puertas de la alacena chirriaban, como si las bisagras envejecieran de un día para otro. Desde ahí saqué un saquito con granos enteros de café y caminamos hasta el pilón. Se encontraba en el patio, bajo una pequeña choza de yagua. La noche había caído, llevándose toda iluminación. Sin embargo, los muertos no nos dejarían solos. Ahora estaban dentro de la choza, girando en círculos verdes en forma de luciérnagas. Iluminaban magistralmente para que pudiera majar el café sin romperme las uñas.

Lauri había dejado de preguntar y solo observaba cómo los tentáculos de Dios se manifestaban de diferentes maneras. Mientras tanto, tomé la pesada mano de pilón e hice que el café se convirtiera en un polvo marrón. Él intentó acercarse y ayudar, pero le demostré que era fácil y que no necesitaba su ayuda. En cuestión de un par de majones enérgicos, los granos que habían pasado largas jornadas bajo el sol abrazante se convertían en polvo marrón.

Caminamos de regreso: yo con el frasco lleno de café y él con el saco lleno de granos. Delante de nosotros, los muertos nos iluminaban el camino en forma de lámparas verdes. Dentro, en la cocina, puse a hervir agua y me tiré al piso en busca de la olla de hervir y un calcetín envuelto en un aro de alambre que usábamos para colar el café. En cuestión de unos minutos, el café estaba listo. Fuimos al patio y nos sentamos en dos troncos, con los jarros de aluminio cargados de café.

—Hay algo que me provoca curiosidad —susurró, y sus ojos, hermosos como la luz sobre el agua quieta, descendieron hasta mis rodillas. Sentí que me envolvía una vergüenza antigua, de esas que nacen sin razón y se enredan en la piel—. No he visto escuelas en estos parajes… ¿cómo es que escribes tan bonito?

«Lo aprendí de Amantina».

Dije señalándola. Ahora estaba apoyada en una de las paredes del frente, con un cigarro y un trago en la mano.

«Junto a las mañas que arrastró desde la ciudad, traía consigo una abundante cosecha de libros de bolsillo».

Él se limitó a asentir.

«¿Cómo es el lugar de donde vienes?»

Pregunté.

—Tu rodilla ya sanó —dijo sorprendido, respondiendo a algo que yo no le había preguntado—. Bueno… soy de Finlandia. Si tuviera que describirla, diría que es una mezcla de nieve y silencio. Así la guardo en mi memoria. Es un lugar grande, con un poco de todo, pero la tierra de donde vengo es así: casas de madera y un aroma constante a pan recién horneado, como aquí huele a café tostado. Es un sitio frío, donde el sol es un deseo que tarda en llegar y, cuando lo hace, huye con prisa. Uno aprende a extrañarlo. A veces parece un lugar vacío, porque somos gente de prolongados silencios. De hecho, Salomé… tú perfectamente podrías ser de Finlandia.

Reímos.

Esas últimas palabras las dijo con los ojos rasgados, como aguantando la ternura. Me imaginaba cada cosa de su tierra y la comparaba sin intención con Las Cabirmas. Cada cosa me sonaba extraña. Pero era una extrañeza que generaba fascinación.

«Y la ciudad, desde donde viniste con el padre, ¿cómo es?»

Pregunté. Me empezaba a acostumbrar a escribir en su cuaderno. Mi huella empezaba a formar parte de su historia, desde la mitad, pero ahí estaba.

—La ciudad... —dijo y se detuvo a pensar—. Es extraño, pero no se parece a Las Cabirmas ni a Finlandia. Es más, como un ente que crece y se transforma dependiendo de los ideales de quien esté en turno.

«Háblame de la gente...»

—Ah, eres muy curiosa, Salomé. La gente… bueno, la gente vive como hormigas obreras: de lunes a viernes trabajan sin descanso; los sábados salen en familia y los domingos acuden juntos a la iglesia. Ese día, casi siempre, se discute sobre los pecados que azotan la ciudad —al pronunciar esta última frase se detuvo, como si un freno de lucidez le contuviera las palabras.

El rostro se le tornó preocupado.

«¿Qué ocurre?»

Pregunté.

—Resulta que ese último domingo de misa, los pecados en cuestión tenían su origen en Las Cabirmas.

Asentí.

—Ahora háblame de ti —dijo. En ese momento, uno de los visitantes había arrancado una de las tablas de la sala e iba hacia el portón negro con ella. Se podía ver la fila que entraba hasta el pasillo y de ahí a la habitación de la abuela—. ¿Qué es lo que más disfrutas hacer?

Su declaración anterior me indujo a un estado de reflexión. ¿Cómo era que cumplir la voluntad de Dios pudiera considerarse pecado?

Pronto volví a su pregunta. Pensé seriamente antes de escribir. Era una pregunta difícil de responder. Lo que me gustaba era leer, escabullirme hacia la cueva, arroyo arriba, donde tenía todos los libros que me había prestado Amantina, y olvidarme del mundo. Recoger los rumores de la gente que iba a la ciudad y luego volvía arrepentida, y observar por entre las brechas de sus vidas. Aunque temía que esa respuesta no tuviera la gracia suficiente para deleitarlo.

«Me gusta barrer. Me gusta ver los azahares desde la galería y… jugar a las escondidas con el abuelo».

—¿Barrer? —rió—. Las mujeres de la ciudad odian barrer.

«En realidad, más que barrer, me gusta el resultado: que todo esté limpio».

—¿No tienes mucha ventaja ante tu abuelo? —levantó una de sus cejas, la derecha—. Ha de ser fácil ganarle a las escondidas.

«¡No! El abuelo tiene buenos escondites».

Risas.

—Quisiera ver los azahares —murmuró—. Si han sabido ganarse tu aprecio, deben guardar un encanto que vale la pena descubrir.

En ese instante, me entregó la libreta, como si quisiera que la tratara con cuidado. La observé, de un rojo intenso, con su diseño sencillo en azul y el conjunto de historias guardadas en cada página.

La última frase quedó flotando en el aire, suspendida, y se unió al vaivén de las luciérnagas. Persistió durante la noche, hasta desvanecerse en el amanecer, como una promesa aún por cumplirse.

IX

Santo Domingo, República Dominicana – 11 de noviembre, 1963

Hace un mes que camino por estas calles que huelen a sal, carbón y fruta madura. El calor se me enreda en la nuca como un animal paciente; me ha seguido desde el primer día y ya no sé si lo soporto o lo acepto. En las noches, la ciudad no duerme: los radios gotean música por las ventanas, las voces se persiguen de esquina a esquina, y el mar golpea, invisible, en algún punto más allá de los muros.

Fue en una plaza, bajo la sombra inquieta de una ceiba, donde conocí al padre Alarcón. Vestía de blanco sencillo, con un aire de quien ha visto caer muchas puertas y levantarse pocas. Me invitó a su despacho: un cuarto angosto donde una lámpara de aceite, una mesa robusta y un libro abierto parecían esperarme desde antes. Mientras bebíamos café amargo, me preguntó, sin levantar la voz: —¿Qué has venido a buscar, hijo? ¿A quién crees que sirves?

Respondí en el español que aprendí de los jesuitas españoles en el seminario, con un acento que no pertenece a ningún barrio de esta ciudad, pero que se esfuerza por encajar en sus ritmos.

La belleza de Santo Domingo me desconcierta. Bajo su luz se oculta un rumor constante: conversaciones que se detienen cuando alguien pasa, miradas que se desvían con el peso de la costumbre. Hay un temblor que se siente incluso en el aire quieto, como si algo estuviera a punto de quebrarse.

No vine por fe, sino por fuga. Atrás dejé un incendio que me borró a mi familia, paredes frías que aprendieron a cerrarse sobre mí. Sin embargo, aquí, cerca del escaparate del vendedor de mangos y el golpe suave de la lluvia sobre el zinc, hay algo que me amarra. No sé si mi voz servirá para cambiar lo que veo, pero hoy, en mi cumpleaños veintiuno, decido quedarme un poco más. Quizá este lugar aún tenga un secreto para mí.

—Lauri

X

Los interrogatorios, nacidos del beneplácito mutuo, se extendieron por varios días, un número que, sinceramente, no alcanzaba a recordar. Durante ese tiempo, me leía las historias que había escrito en su cuaderno. Sin embargo, antes de eso, ya lo había hojeado de manera discreta en aquellas noches en las que se quedaba rendido en el mueble de la sala.

Antes de la llegada de Lauri, me entretenía sembrándome en las diferentes partes de la casa, viendo el reloj y los calendarios. Horas y fechas sin importancia, si las comparo con nuestras conversaciones que brotaban como las flores en primavera. El tiempo no importaba, y al no importar, las horas volaban frente a nuestras caras sin que lo notáramos. Entonces descubrí que, debajo de esa fachada de forastero y ese físico cautivador, había un alma pura, con la que había conectado de manera sincera.

Esta mañana, luego de preparar café y de amanecer despiertos viendo a los visitantes tomar recuerdos de la casa, él se plantó en la galería y se dejó envolver por el aroma de los azahares. Un afluente de lágrimas nacía desde sus lagrimales. Caían como caños transparentes de pureza hacia el piso, ahora sucio por una capa rojiza que se había formado por las pisadas constantes de los visitantes. Me invadió un deseo que tenía tintes marcados de irracionalidad: deseaba meterme en su mente y llorar por lo que él lloraba. Apreciar el lugar donde el olor exquisito a naranja lo había transportado.

No me moví de su lado hasta que despertó de la ensoñación. En ese momento Lauri me hizo un gesto para que lo siguiese, y lo hice. Pronto sacó un artefacto de su macuto. Consistía en un objeto con un lente circular, dorado y metálico, con pequeños remaches decorativos alrededor del borde. El mango era de madera pulida, con tonos marrones y detalles dorados en las uniones. Se trataba de una lupa, pero no como la de los libros; esta tenía un aspecto elegante y artesanal.

La recordaba del libro de Ciencias de la Naturaleza, en la parte de la óptica, donde se contaba con detalle el descubrimiento de Newton sobre la descomposición de la luz blanca. Me gustaba la óptica y los fenómenos físicos que se podían explicar mediante ella. Pareciera como si Lauri lo supiera.

El muchacho, que me tenía cautivada, se agachó con una de sus rodillas sobre la grama. Una de sus manos sostenía una hoja muerta de cayena y en la otra el objeto, que la castigó mediante los rayos de luz amplificados. Ante mis ojos, se elevó una columnita de humo que el viento se llevó. Motivada, lo quise intentar. ¡Y me salió!

Mientras creaba fogatas casi microscópicas, mi júbilo fue interrumpido por un sonido estrepitoso. Ambos nos espantamos y contemplamos cómo el polvo se levantó. Un polvo gris de antigüedad y un sonido con fragmentos de ensoñaciones. Cuando volteamos, el techo de la galería se había desplomado. Ese puente entre la realidad y los sueños, casa del aroma de los azahares, se había transformado en un conjunto de pasamanos expuestos al sol.

Estábamos de pie, contemplativos ante el suceso. Esperaba que alguien de la familia saliera, se colocara a mi lado y lamentara lo que había sucedido. Deseaba la compañía de la abuela, pero estaba encerrada en su cuarto. O de Amantina, quien ni se inmutó en la parte frontal. También pensé en si el abuelo podría salir y ver cómo uno de sus espacios predilectos había prescrito. Pero no, no había salido de su cuadro desde lo del padre Alarcón. No entendía bien por qué, pero había empezado a llorar.

No tenía claro cuál era la causa. Tenía muchos sentimientos sin nombre adheridos a mi cuerpo. El declive de la galería, el desarme paulatino de la casa, la llegada inesperada de Lauri... habían formado un cóctel peligroso que me había convertido de pronto en algo distinto a lo que vi en el espejo de mi cuarto cuando los visitantes comenzaron a llegar a la casa.

La degradación que había sufrido la casa ahora se manifestaba en alaridos lacerantes que tenían el tono de un chirrido. Cada puerta, ventana y junta de madera chirriaba en forma de un dolor que no era comprensible para alguien como Lauri, quien mostraba fortaleza ante cada cosa que presenciaba.

Un poco extenuada y sin demasiadas opciones, decidí huir. Él me miraba en silencio, sin juzgar. Yo saqué la libreta y escribí: «Te quiero mostrar algo».

Entonces lo tomé de la mano —era suave, delicada, como el arrullo de un ángel— y bajamos por la pendiente detrás de la casa que daba al arroyo. A esa hora de la

mañana la óptica creaba un efecto indescriptible donde se conjugaban varias partes de la naturaleza. Consistía en rayos de luz que atravesaban los árboles en una forma divina hasta chocar con el arroyo. Figuré ese diminuto cuerpo de agua como un espejo en movimiento.

Íbamos andando —o prácticamente escalando— arroyo arriba, hacia la cueva. El camino era serpentino y estaba cubierto con pequeñas rocas que sobresalían, sobre todo cuando se elevaba la pendiente, conforme ascendíamos. En ese punto, el caudal del arroyo se volvía un cañito tierno que me indicaba que estábamos a punto de llegar. Cuando entramos a la cueva, nos bañaba una iluminación cálida, entre amarilla y anaranjada. Por el pasillo de paredes rocosas, llenas de poros, colgaban filosas estalactitas que daban la sensación de haberse sometido a la gravedad.

Cuando llegamos al punto de interés, un espacio pequeño con algunas pilas de libros que poco a poco Amantina me fue cediendo, se levantaban cuatro formaciones levemente ladeadas. Los libros, quizá por la humedad o por el tiempo, tenían los bordes rasgados y manchas visibles. Las pilas no estaban organizadas por temática, sino por el tiempo en que las leí; por ejemplo, el libro Nacho y el diccionario Larousse estaban en la primera pila, en la base.

—Este lo conozco —dijo señalando el lomo del Larousse—. Se usa mucho en las escuelas. Oh, y este también.

Esta vez señalaba un libro titulado La peste. Y así, embelesado en esa cueva donde las partículas flotaban y eran atravesadas por el sol, Lauri se mostraba cómodo. Se había quitado los zapatos para no mojarlos y las huellas de sus pies resaltaban entre el suelo rústico. Yo tenía los pies mojados, pero mis huellas nunca se grababan en el piso ni en ningún lado, a menos que se dieran ciertas condiciones.

—Una colección algo maltratada, pero exquisita —declaró con una sonrisa—. Sin duda, Amantina posee un gusto refinado.

Asentí.

—¿A qué se dedicaba Amantina?

«Era abogada», pensé. Pero preferí no responder. Vi innecesario sacar a colación el declive de Amantina y en qué circunstancias llegó desde la ciudad. Ese sufrimiento por el que pasó, de mencionarlo, llegaría hasta su cuerpo en forma de rumores y la haría pedazos.

Entonces negué. Negué repetidas veces hasta que olvidara el asunto.

Después de una charla bastante distendida sobre mi proceso de alfabetización, Lauri metía en su macuto una copia de La peste que le entregué como recuerdo. Poco a poco se formó un silencio parecido al de la primera vez que nos vimos. Un silencio sobrecogedor y que reduce los espacios entre los dos. Allí nos mirábamos de soslayo, nunca directamente: él, mis piernas; yo, sus manos delicadas. Se sentía como si una impostora, una nueva Salomé construida bajo la influencia de los discursos de Lauri, hubiera surgido. Ahora esa Salomé, muchacha joven de pelo castaño y desprovista de huellas, cedió ante el ademán que la invitaba a que las manos suyas y las mías se juntaran.

Un contacto físico que afectaba mi corazón y su ritmo, naturalmente calmado. Una marca que se extendía y me paralizaba. ¡No sabía qué hacer! ¿Qué habría hecho Amantina? ¿Cómo habría interpretado aquello? Me había enseñado todo menos cómo reaccionar cuando un hombre te toca.

No sabía. Entonces el silencio nos juntó de un modo que no esperaba. Así lo solté y rompí, como si no entendiera lo que estaba sucediendo.

Bajamos sin decir nada, saltando las piedras que no tenían lama. Como solía suceder, nos encontramos a unas indias que, al verme acompañada cerca de la cueva, se mostraban sorprendidas. Ahora arqueaban las cejas. Es una seña que no lograba interpretar. Tampoco Lauri; solo las miraba espantado. Supongo que le extrañó ver esos senos morenos expuestos al sol.

Cerca de la cuesta que conducía a la casa, él se puso los zapatos. La mañana apenas empezaba y tenía planes. Unos que al principio no lo involucrarían, pero estaban relacionados con que casi todos los habitantes del pueblo se encontraban en casa y

anhelaba ver la manifestación de sus deseos. Si Lauri decidía por cuenta propia permanecer aquí, vería cosas que probablemente alterarían su naturaleza.

Algo que no le había confesado —pues en la última página dejé un mensaje de reserva, por si acaso, y las hojas se agotaron— era que este pedazo de tierra guardaba una singularidad que pocos podían ver. Encallado entre una loma rojiza, con un centro verde para los indios y mi familia, se dividía por el arroyo entre parte alta y baja. La parte alta era un páramo abandonado. La gravedad, no por capricho sino porque esa era su naturaleza, no permitía que el agua subiera. Como es de esperarse, eso tuvo graves consecuencias en su momento. Los habitantes se vieron obligados a desarrollar la capacidad propia de los camellos de almacenar agua entre sus órganos. Podían vivir sin bañarse y sobrevivían a base de comer raíces tostadas por el sol.

Fue habitado apenas por unas pocas familias, incluyendo a mi madre. Recuerdo que, antes de vivir con los abuelos, nos gustaba aparecer ocasionalmente a los velorios y patronales. La gente reaccionaba de manera terrible, pero no importaba. Éramos, aunque olvidados, una parte de ese mundo. Salvo algunos casos, la gente era aruña, seca por falta de agua y con malformaciones por los cruces cercanos.

Los abuelos se encrespaban al imaginar que mi madre me estaba criando en esas condiciones. Sin embargo, no era tan malo. Estábamos acostumbrados. Sobrevivíamos con poco y las inclemencias de la naturaleza eran un juego de niños.

No obstante, sin esperarlo, muchos cayeron con fiebre. Una fiebre sin nombre, peor que la sequía y la falta de agua. Escalofríos y coyunturas paralizadas aparecían entre el reducido número de habitantes. Para cuando lo notaron, víctimas de una enfermedad nunca vista, ya estaban muertos.

Luego, uno a uno, entre ellos mi madre, fueron abandonando el lugar como muertos con sueños y se perdieron entre los diferentes espacios de Las Cabirmas. Como espíritus tímidos, la mayoría se escondieron en cuadros y páramos por siempre.

Viví la enfermedad, pero ignoro si la padecí. Lo poco que recuerdo de esos días es la abuela llevándome en brazos hacia la casa y el verde entrando por mis pupilas como una medicina que restauraba.

XI

La pendiente de subida y bajada hacia el arroyo era una combinación irregular de tierra roja, rocas y zanjas. La ascendíamos entre jadeos y silencios. Luego pasamos por la casa. El portón negro no cerraba bien; estaba entreabierto, como si espera a alguien para cerrarlo. A través de la abertura noté la suciedad de los azulejos y una fila bastante reducida. De las cabezas que conté hace días quedaban solo recuerdos borrosos. Amantina me vio pasar, sonrió y me lanzó un fardo de señales que más o menos interpreté.

Durante el descenso hacia el pueblo la geografía seguía árida y encapotada por un polvillo molestoso. Sin embargo, entre los pasadizos que formaba el aire, se desplazaban notas de júbilo y luto: deseos que habrían de convertirse en sueños o pesadillas. No dejaba de pensar en la transformación que estaría sufriendo Las Cabirmas. Después de todo, el tiempo prudente para la cosecha de los deseos había transcurrido.

Bajar desde la casa hacia el pueblo se caracterizaba por un calor pegajoso y ataques de tos. El trayecto culminaba en un punto donde el terreno comenzaba a aplanarse. Allí, si se giraba a la derecha, una se encontraba con el único colmado del pueblo: un espacio de juegos de azar y bebidas más que de provisiones. De dimensiones triangulares, quizá para aprovechar cada rincón de las esquinas, la estructura se levantaba entre un hacinamiento de tablas verdes. Un verde parecido al de los pinos que crecen en el centro de Las Cabirmas y que se ha mantenido intacto con el paso del tiempo. No se podía decir lo mismo del letrero que le daba nombre al establecimiento. Las letras que en algún punto de la historia le dieron identidad estaban borrosas, ininteligibles. No por los años, sino porque cada quien lo llamaba como quería.

En la acera que rodeaba el colmado, algunas parejas irregulares conversaban. Como de costumbre, dos de las amigas de Amantina se encontraban sentadas allí en sillas de plástico blancas. Del montón, dos de las que al menos tenía conocimiento. Puede que la rubia alta, de pelo ondulado y rubor marcado, o la mujer bajita de cabello corto y afectada por el polio también figurasen en su lista de amistades, aunque no las conociera. A diferencia de Helena y Santica, quienes con colas de caballo y labial rojo

encantaban a los hombres que, como Manuel el cojo, frecuentaban el lugar. Morenas por el sol y con faldas de malla bastante sugerentes, rodeaban al hombre en una especie de danza de apareamiento.

Más que el baile y los besos tiernos en las mejillas de los clientes —común en el lugar— me llamó la atención la postura de Manuel: sin muletas, sin inclinarse hacia el lado donde cojeaba. Cuando entramos por el callejón que conducía al camino principal, el hombre me lanzó un beso como siempre. Volteé el rostro. El beso siguió su rumbo hacia un destino desconocido. Uno de sus dientes buenos se asomó como una de las estalactitas de la cueva donde guardo mis libros.

La casa de Manuel no era más que una rancheta improvisada. Aunque tenía todos los espacios de una casa común, la configuración de cachazas y retazos de zinc daba la sensación de ser un invento del azar. Tenía el jardín seco, con apenas unos matorrales de tomates silvestres y una mata amarilla que se elevaba por encima del techo. Tallo delgado, recto como el pensamiento de los abuelos y hojas ovaladas que la adornaban. Se mecía con el viento sin apenas doblarse, como Lauri detrás de mí.

Mientras continuábamos internándonos en el caserío, en los jardines echados a perder de la zona se elevaban en su mayoría plantas de este tipo. Unas más altas que otras, indicaban el florecimiento de los deseos que fueron sembrados en forma de papel onírico. No obstante, otras casas como la de Frank, ahora hecha cenizas, o las de Damián y Esperanza, mostraban otra faceta del proceso.

Desde aquella jardinera donde Damián sembró el papel, se extendía una podredumbre propia de los lugares donde se ha instalado la calamidad. En el pedazo de tierra, antes seco e inerte, una humedad negra se había comido parte de la casa. Ahora se encontraba semihundida en un fango maloliente, frente a un nubarrón de moscas que flotaban como custodias.

Al encontrarnos en ese punto, aceleramos el paso, casi aturdidos por un olor penetrante, acre y nauseabundo. Se pegaba en las fosas nasales como una costra invisible. Dejaba mal cuerpo y ganas de expulsar todo cuanto hubiera en el estómago.

—¿Esa es la única planta que crece aquí? —preguntó Lauri—. Parece muy resistente.

Se detuvo de pronto, víctima de unas arcadas súbitas. La boca apenas se le entreabrió, como si intentara expulsar un trozo invisible del malestar que se le había adherido al pasar por aquella casa.

—Aunque es curioso —añadió en tono dubitativo, casi recuperado pero aún con la mano en la boca del estómago—, no recuerdo haberlas visto cuando vine con el padre.

Lo miré por encima del hombro, sin dar respuesta. A veces abundar en ciertos detalles puede resultar contraproducente, y más con personas como Lauri.

Al final del callejón dimos con el camino principal. Tierra pura, con líneas visualmente infinitas de alambre tanto a la izquierda como a la derecha. El camino se prolongaba hacia el sur bajo un efecto ondulante, como lombrices de tierra. En ambos lados no había más que malas hierbas que no habían sobrevivido al sofocante calor y osamentas de algún ser, blancas y desgastadas. En ese punto, bajo la luz abrazadora del sol, Lauri parecía sucumbir. Se encontraba rojo desde la cara hasta el pecho, mientras el pelo se le pegaba a la frente como si estuviera recién lavado.

—Lo que hace la sequía —se lamentó, visiblemente afectado.

A mitad del trayecto, una carreta que venía en sentido contrario se detuvo con un chirrido de madera vieja. La conducía Zacarías, uno de los peones del regidor Santiago de la Cruz. El vehículo, de enormes ruedas de madera y un armazón robusto, rectangular y abierto, parecía hecho para resistir años de trajines. Zacarías me saludó enseguida, hizo girar a los caballos con un hábil tirón de las riendas y, tras desmontar, lanzó a Lauri una mirada cargada de desagrado antes de ofrecerme la mano para ayudarme a subir a la parte trasera, donde transportaba su carga de vegetales.

Mientras recorríamos el camino y sufríamos terriblemente el paso por los hoyos, Zacarías nos dejó cerca de otra pendiente, donde los alambres se detenían por las formaciones rocosas que decoraban sus costados.

Como sombras de lo que una vez fueron, Damián y Esperanza se cruzaron con nosotros. Se movían con parsimonia, envueltos en su indumentaria característica, mientras llevaban consigo un costal de huesos envueltos en un lienzo negro.

Lauri se lanzó ágilmente en busca de darme una mano para bajar. Me despedí de Zacarías, quien pronto dio la vuelta levantando una nube de polvo y se perdió entre los efectos del camino.

Más allá de la ladera, a la izquierda, se encontraban las tierras de Don Feliciano. Un hombre cuya historia se remonta a la fundación de Las Cabirmas. Sus años parecían un número indefinido que, aunque causaba curiosidad, no era tema de conversación. Se hallaba anclado a aquellas tierras que parecían extenderse sin fin. Con un sombrero de ala corta, camisa roja de cuadros ancha —que gritaba a lo lejos no ser de su talla—, comenzó a moverse hacia el perímetro en forma de alambrada. Conforme se acortaba la distancia entre nosotros, y mientras Lauri miraba curioso hacia la derecha, donde el terreno parecía derrumbarse en forma de risco, se iban dibujando las figuras distintivas de su rostro: arrugas dominantes en ojos y frente, el párpado izquierdo caído, fuera de su control, y las mejillas ruborizadas con un tono natural.

Frente a nosotros, sobre un mar verde parecido al terciopelo, el anciano nos saludó afablemente. Detrás suyo, plantaciones de banano y lechosa lo colocaban en un fondo tranquilo marcado por la abundancia.

Lauri lo observó con curiosidad, probablemente en busca de noticias sobre las diferencias entre las tierras de Don Feliciano y las demás de Las Cabirmas.

—Mi niña —dijo con un tono cargado de ternura—, ¿cómo estás? ¿Y Filomena?

Con una sonrisa y una breve reverencia, el viejo me leía. Con ese mismo entusiasmo recuerdo haberlo visto la mañana en que los visitantes comenzaron a llegar a la casa. Tal vez por su longevidad, por su amabilidad o porque la sequía y el hambre lo estaban matando, fue de los primeros en presentarse, de la mano de una de las comisiones. Entró y salió pronto de la habitación de la abuela como si tuviera grabado en la memoria lo que deseaba.

Al lado de su casita, una pequeña cabaña de madera fina y techo a dos aguas, se erguía más imponente que otros puntos del recorrido: la mata amarilla.

—Es sorprendente ver la vida de este terreno en comparación con los otros —comentó Lauri, con un tono más analítico que admirado. Don Feliciano apenas torció la boca, como si sus palabras se perdieran en el aire o él mismo no existiera.

Me despedí moviendo la mano derecha y continuamos.

—Adiós, mi niña —dijo Don Feliciano en forma dulce—, por favor, cuídate.

Lauri me siguió. Ahora su ropa blanca tenía estrías de rojo y el pecho se le había quemado. Estaba empapado en sudor.

«¿Cansado? —le escribí—. Podemos regresar…».

Negó con la cabeza y continuamos bajando. Como si descendiera a lo más profundo de Las Cabirmas, llegamos hasta una enorme casa de madera, aunque consumida, cuyo perímetro estaba hecho de gomas de camión pintadas de rojo, azul y amarillo. En la entrada colgaba un trozo de tela blanca con una cruz negra.

Estábamos en la casa de Genoveva Genao. La mujer era conocida por haberse dedicado a llorar la muerte del marido, un hombre amante de los gallos que se dio un balazo frente a ella por diversos motivos, entre ellos echarse a perder por las apuestas.

Nunca vi en nadie como en Genoveva el deseo tan profundo de morirse y despertar en otro plano. Solía sufrir en silencio, sin gritar ni romperse ante la gente. Lo suyo era más una congoja que la golpeaba, pero no lo suficiente como para matarla, como ella quería.

Su visita a la casa se habría dado en algún momento en que estaba centrada en Lauri —lo cual se había vuelto un hábito—, por lo que no vi su entrada ni su salida. No obstante, al ver la mata amarilla brotar cerca de la tumba del marido, pude imaginarla sembrando su deseo entre huesos y tierra.

Las interacciones silenciosas que solía tener con los habitantes del pueblo seguramente habrían dado a Lauri la información suficiente para saber lo que sucedía. Era notable cómo, aunque a veces se le escapara, se mordía la lengua para no sonar estúpido o sorprendido. A pesar de ello, su estado mental, sus silencios prolongados y la forma en que se quedaba atrás, casi alelado, me tenían seriamente preocupada.

Entramos sin invitación. El lienzo con la cruz se movía con la libertad que le daba el clavo donde estaba incrustado. Dentro, en una sala de dimensiones importantes, se encontraba el ataúd. La madera reluciente y los detalles en metales preciosos eran indicios de que, en otros tiempos, la opulencia se manifestaba en ese lugar. Frente al ataúd —adquirido hace décadas por la mujer—, ella yacía pálida, sin quemaduras, un signo extraño en Las Cabirmas. Sin maquillaje ni ningún tipo de alhaja más que las señales del duelo debajo de los párpados: rojos, casi morados, por haberse convertido en un terreno de lágrimas.

Alrededor, muy cerca de los velones cuyas mechas estaban inmóviles, cinco ancianas cantaban de forma lacrimosa, quizá para construir un puente que llevara a la infeliz hacia el plano que siempre deseó. Cuando se les necesitaba, las cinco aparecían en diferentes puntos de Las Cabirmas, como manifestación de que algunos muertos no querían permanecer en este pueblo olvidado.

Al girarme no vi a Lauri. Mientras lo buscaba con la mirada, lo encontré descansando sobre las columnas del portón de entrada. Por suerte, el sol había bajado paulatinamente durante el recorrido y un ligero aire fresco comenzaba a aparecer.

«Tal vez… debamos parar».

Escribí en la libreta. Apenas quedaban algunas páginas, y respiré aliviada. Tomar ese momento en la cueva para escribir lo que escribí, solo por si acaso, en la última página, me proporcionó una tranquilidad que esperaba me durara el tiempo necesario.

Él negó. Lo miré fijamente en busca de una reacción que indicara que decidía detenerse y dejar que las condiciones adversas de Las Cabirmas dejaran de castigarlo.

—No, Salomé —dijo mientras se secaba el sudor—. Sigamos.

Casi sin notarlo, hemos descendido hasta los límites de Las Cabirmas. En esta parte no había señales que incentivaran a entrar a este territorio olvidado. La sequía y los riscos habían forjado una frontera entre otros puntos dinámicos y nosotros. Solo el padre Alarcón y su séquito fiel se habían atrevido a completar tal tarea.

Entre el mundo y nosotros, la única división física es la de los caminos. Donde empieza Las Cabirmas, el sendero es un trayecto rojo y desafiante, y más allá, a unos escasos metros de donde me encuentro, la carretera se transforma en cascajo, con matas de piñón en sus bordes y bandas protectoras construidas con algo parecido al acero.

Desde este punto, la ciudad apenas se distingue por los piñones. Aunque solo veo fragmentos de ese mundo, tengo grabado en la memoria cómo es cada detalle leído desde su cuaderno.

Lo que se dibujaba en el horizonte me resultaba, a partes iguales, aterrador y seductor.

—Tal vez no puedas apreciar los detalles, pero es un lugar hermoso —dijo Lauri.

No ponía en duda su palabra. Una parte de mí deseaba escapar y ver con mis propios ojos si la ciudad era tan inmunda como todos en Las Cabirmas decían, o si solo eran rumores infundados por gente asustada.

«Me parece un lugar aterrador».

Anoté en el cuaderno. En verdad estaba atemorizada y sintiendo la ansiedad que uno espera al alejarse de lo conocido. Esta era una de las sensaciones que la gente del pueblo asociaba al viaje.

—Así es lo desconocido. Es normal tener miedo ante estas cosas —repuso.

En parte, tenía razón. El miedo a lo desconocido es casi un órgano más de la naturaleza humana. Pero hacía tiempo que yo vivía sin esa sensación. En Las Cabirmas conocía a todos, y todos me conocían. Éramos como una gran familia sin lazos de sangre, pero unida por vínculos espirituales. De la ciudad, en cambio, lo poco que sabía era malo: allí habían destrozado a Amantina y desde allí había llegado el padre Alarcón, como un invasor.

Me invitó a descender un poco más allá, hacia un mirador natural formado por rocas estriadas de color gris y matorrales adictos al sol y a la tierra seca. En ese punto, el camino se aplanaba y la tierra comenzaba a quedarse atrás mientras el cascajo sobresalía.

Lauri tomó una de mis manos como esperando un apretón en señal de aprobación. No tardó en llegar: sujeté también su mano y, aunque el silencio empezaba a imponerse, el corazón ya no me latía como si enfrentara una amenaza. Más bien me encontraba en un estado de suma comodidad donde, aunque no flotara como el padre o los miembros de la comisión, sentía que eso realmente estaba sucediendo.

Desde el mirador, el paisaje se abría como un abanico interminable, y en esa amplitud sentí que mi propio cuerpo empezaba a aflojar sus anclas. En cada paso que daba sobre aquel terreno recién descubierto, sentía que el suelo comenzaba a perderme. Bastó alejarme apenas unos metros del camino rojo de Las Cabirmas para pisar otro, de cascajo, y percibir cómo un cosquilleo nacía en mi pecho y se esparcía, siguiendo el trazado invisible de mis arterias.

No tardé en concluir tan solo unos minutos después, que los tentáculos de Las Cabirmas me reclamaban como una parte suya. Entre la fuerza descomunal de un pueblo olvidado y los brazos de Lauri, sentía la vehemencia de dos mundos que luchaban por mí, pero donde uno, por antigüedad y dimensiones, terminaría venciendo.

De pronto, el rostro de él se tornó pálido, así como mis manos y pies. La visión tan certera que tenía se desdibujó en un mar de puntos que me llevaron a abrir los ojos de manera desmedida. Tal vez buscaba aclarar la imagen entre la bruma. Me vi reflejada en sus ojos como un espejismo; entonces mi mano se deslizó de la suya como un puñado de agua mientras todo mi cuerpo huía, en contra de mi voluntad, entre los caminos que el viento formaba.

Lauri luchaba por agarrarme, pero era una tarea absurda intentar recoger todas las partículas de luz en las que me convertía mientras el anochecer cerraba los párpados del cielo.

XII

Solía perder la noción del tiempo con frecuencia. Antes y después de los visitantes, era un asunto que parecía empeorar. Lo que nunca recuerdo es haber perdido la noción del espacio. Siempre sabía dónde estaba y jamás tuve este tipo de extravíos. Mi problema con el tiempo tenía su remedio en cosas simples, como observar con atención el reloj y los calendarios de la casa. Eso me mantenía a raya.

A veces, cuando me quedaba sembrada en el patio, el tiempo se me escapaba entre una tarde y el amanecer siguiente. Ponía a todos de los nervios, obligándolos a trabajar en conjunto: palas y picos para desenterrarme; tijeras y cuchillos para la «cirugía» en la que desconectaban mis pies de las raíces aferradas a la tierra. El proceso solía terminar con un final feliz, apenas un descuido más en la vida de una niña… o de una joven de diecinueve años, como ahora.

Sin embargo, ¿qué remedio podía darme para la pérdida del espacio? Después de todo, era un asunto nuevo que nunca había padecido. Este lapsus tenía un sabor distinto. No era la dulzura de un descuido temporal que arrancaba risas a la familia o un regaño tierno de la abuela. Más bien, era amargo. Más amargo que los tés que me daban en casa para curarme el catarro. Se sentía como una puñalada en el pecho, un vacío en el estómago semejante al de una caída repentina.

Me costaba comprender lo que había sucedido. Y entre la abundancia de preguntas que me surgían, no sabía por dónde empezar. Lo cierto es —lo confirmo porque la visión certera de mis ojos ha vuelto— que estoy frente al portón negro de la casa, lejos de los límites de Las Cabirmas, de Lauri. Cuando entro y me enfrento al vacío descomunal, la puerta se cierra. Lo hace, pero no como siempre: tarda y emite un sonido devastador para el oído, que por un instante espanta las preguntas que me afligen.

Envuelta por los cánticos y el perico ripiao que provienen de la parte baja, y antes de meterme en la casa, miro por entre las cayenas. El pueblo está iluminado por el dorado de las matas amarillas, que han alcanzado la altura de dos casas juntas. Las hojitas brillan como estrellas terrestres sobre el pueblo. Parece un valle de luz, donde las

celebraciones han acallado los gritos desafortunados de gente como Damián, Esperanza y Frank, cuyos deseos se torcieron.

Mientras me dispongo a entrar, percibo los vestigios de los visitantes. Se habían retirado, dejando huellas de suciedad y cicatrices en la casa: faltaban piezas de tabla, los muebles del frente y, seguramente, otras cosas en el interior.

Con miedo de adentrarme al pasillo, me echo a llorar. No era un llanto que hubiese experimentado antes; era contenido, amarrado por las cadenas de un sueño y que se fugaba entre parpadeos húmedos.

Recibí un abrazo de Amantina, cálido como ninguno. También lloraba. De su rostro caían lágrimas con la serenidad de una lluvia triste, aunque sin el asomo de una voz rota. Conservaba su elegancia, pero los latidos de su corazón delataban un desorden profundo.

—Anda —dijo, guiándome hacia ese punto.

Entré, mientras ella permanecía en la entrada del pasillo, que ahora tenía el aspecto de un túnel, suspendida como un viejo recuerdo que se niega a desvanecerse. Mis pasos se hundían en el depósito de polvo en que se había convertido el suelo y, con cada avance, no pensaba solo en ese pasillo, sino en toda la casa. Era una reliquia herida, un cofre donde los recuerdos habían huido con gente a la que jamás debieron pertenecer. Ahora, las paredes parecían contener la respiración, como si presintieran que aquí, en este lugar, la vida podía torcerse en un instante. En estas habitaciones sucedían cosas que para alguien como Lauri serían inverosímiles, pero que, para los visitantes, no eran más que otro episodio natural de estas tierras, donde lo inexplicable es parte de lo cotidiano.

La puerta de la habitación de la abuela se abrió para mí y luego cerró de golpe. La imagen de Amantina se fue esfumando como un espejismo sonriente que decía adiós.

—Te estaba esperando, mija —dijo la abuela, relajada en su silla de mimbre, mientras la lámpara de gas iluminaba el cuarto con timidez.

La abuela tenía el rostro pequeño, como una muñequita, pero arrugado por el tiempo y el sol. Era menuda, de ojos rasgados y piel morena. Solía decir que tenía en su sangre dos mundos: el indio por madre y el español por padre.

—Vamos, mija. Agarra tu deseo —insistió.

Mi deseo flotaba en la habitación. Era una pompa pequeña, llena de luz, del mismo tamaño que tenía cuando Amantina y yo lo soplamos hacia la habitación la noche previa a las visitas.

La abuela tenía un pedacito de papel onírico en la mano —el último que quedaba— y el dedo índice gastado, marcado por una tinta negra.

Petrificada y con Lauri en la mente, me vi incapaz de atrapar el deseo. Se movía de un lado a otro con gracia. Se detenía frente y detrás de mí, pero nunca encima. Ahí anidaba un enjambre de preguntas que debía hacer llegar a la abuela para poder moverme.

—Ven aquí —dijo, señalando un banquito al lado de su silla de mimbre.

Como una cachorrita, me senté a su lado, temblando, con la mirada ladeada como esas veces camino al baño. Metió una de sus manos por mi cabello de forma suave y tierna. Sus manos eran como de una niña que se había saltado varias edades de la vida hasta llegar a los cien.

Entonces me toqué dos veces el pecho, sobre el corazón.

—¿Por qué estás triste?

Me señalé el pecho de nuevo y coloqué el dedo índice en el centro.

—Te enamoraste...

Asentí.

—Todo el mundo se enamora —se rió tiernamente—. No hay forma de que tuvieras el privilegio de librarte de eso.

Me limpié las lágrimas con cuidado para no irritarme los párpados.

—Ahora que te veo así, media descosida por dentro, hasta entiendo a Amantina. Los muertos a veces tienen pensamientos sin sentido. Se les nubla la mente a pesar de tener todos los años del mundo para aprender a ser lo que les corresponde.

Pero era distinto. Mi vida, ni de lejos, se asemejaba a la de Amantina. Ella había encontrado la muerte en la ciudad, no por un accidente del destino, sino por desafiar aquello que llamaba, con desprecio y valentía, un sistema fallido. Lo enfrentó sin apartar la mirada y pagó el precio más alto. Yo, en cambio, vivía otra historia. Nuestros caminos no se parecían: mientras el suyo estaba marcado por la lucha abierta contra un enemigo visible, el mío se tejía en silencio.

La abuela me miraba a través del espejo de los años y la experiencia. Mientras yo agonizaba en mis adentros, ella parecía tener la certeza de que todo tenía arreglo. Como la vida de Don Feliciano con su creciente cosecha, la dicha de Manuel —excojo— de caminar erguido y pegarse a las mujeres del colmado o de Genoveva y su deseo imparable por morirse.

—Ninguna pena resiste la paciencia de los días, mija. Al rato me voy. O, mejor dicho, nos vamos, si Dios quiere.

Me sorprendía la forma en que la abuela entendía la muerte como una extensión de Dios que liberaba. Nunca se rompió cuando la fiebre tifoidea se llevó a la población de la parte alta de Las Cabirmas, donde yo vivía con mi madre. A pesar de que perdió seres queridos en esa catástrofe, aceptaba que ese era el trabajo de la muerte y no éramos nadie para juzgarla.

La abuela, muralla de ternura, entendía a los muertos como nadie. Sin juzgar, los veía volverse más sentimentales con el tiempo y, poco a poco, perderse de sí mismos para vivir a través de otras vidas.

La abuela atrapó el deseo errante y me lo puso en las manos.

—Vamos, desea... —ordenó.

Y así lo hice.

El cuarto se iluminó por completo con un fulgor blanco que poco a poco se fue adentrando en el trocito de papel que le quedaba a la abuela. Luego nos miramos con complicidad.

Me puse de pie y ella me ordenó sembrarlo donde el corazón me lo exigiera. Al mirarla, descansaba con una sonrisa y los ojos cerrados. Aunque siempre parecía tenerlos así, noté que las diminutas aperturas por donde veía el mundo se habían sellado.

Tampoco salía aire de sus fosas nasales. Lo noté al besar su frente y salir antes de que la lámpara se apagara por completo. En el pasillo de las pinturas, ahora la abuela se encontraba junto al cuadro del abuelo y de Amantina. Cada uno tenía una fecha. El de la abuela llevaba la de hoy; el de Amantina y el abuelo, años de haberse pintado. El cuadro vacío, ubicado al lado del de Amantina, tenía la fecha de la peste de la fiebre tifoidea.

Como pocas veces la vi, Amantina sonreía en la pintura. Una sonrisa amable y segura decoraba su rostro. Vestía un elegante vestido marrón de terciopelo y manga larga, ajustado a la cintura, donde justo terminaba la pintura. No había arrugas ni el semblante oscuro que la caracterizaron en sus últimos días. Era ella, quizá antes de volver de la ciudad como una aparición.

Mientras salía de la casa, el viento de la tarde entraba por los huecos donde antes había tablas y ahora quedaba una pared incompleta. Me arropaba por completo, casi empujándome hacia fuera. Me detuve un momento en la puerta, contemplando los espacios donde podía albergar mi deseo. Pronto lo sembré entre el mar verde de grama y regresé al frente para esperar la muerte de la noche.

No había más luz que la de la luna, pálida y temblorosa en su menguante. Al frente, alguien golpeaba la madera negra con una urgencia que atravesaba el aire. La puerta, obstinada, ya no cedía como antes; las bisagras, oxidadas por el tiempo, parecían aferrarse a su silencio. Pero eso no detuvo a quien estaba del otro lado. Entre la penumbra, lo vi saltar, torpe y tambaleante. Podría jurar que llevaba el cuerpo marcado por la fatiga: la ropa sucia, la piel perlada de sudor, los zapatos deshechos dejando asomar unos dedos ensangrentados. Cuando me vio, algo en su rostro se iluminó;

cruzó los restos de azulejos con una furia alegre y me abrazó con fuerza. Su olor, mezcla agria y salina, me envolvió como una confirmación: había emprendido un viaje desde los límites de Las Cabirmas que lo había agotado.

—Tal vez tú no debas irte de aquí. Tal vez yo deba quedarme contigo —dijo mientras jadeaba.

Me preparé como pude mientras él sostenía mis manos. Me miraba como un felino triste. Temía que, como antes, las palabras se me atascaran en la garganta y me provocaran un dolor terrible.

—Tal vez —dije. Se sentía ceremonioso, como un niño cuando dice mamá o papá—. Puede que sí. Aunque no es una salida que sea buena para nosotros dos.

Lucía visiblemente sorprendido al verme hablar.

—Me dejé engañar por mí misma, usando el tiempo, los rumores y los libros como pretexto —dije, aferrándome a la última parte de realidad que quedaba en mí—. No hay forma de que me vaya. Lo pudiste ver. Y el hecho de que te quedes sería como alimentar una ilusión sin pies ni cabeza.

—Lo dices porque todo lo que conoces es esto —respondió, señalando todo el mundo circundante—. Si tan solo pudieras...

Ahí, como de costumbre, Lauri dejaba posibilidades en el aire al terminar sus oraciones. Pero negué, secándome los ojos.

En la parte baja de Las Cabirmas el périco ripiao se había enmudecido, al igual que los ruidos estridentes de la casa, que apenas se sostenía por mi presencia.

Me tocaba abrazarlo, y lo hice. Sin temblores ni miedos a lo que pudiera pasar. Sin decir nada, dejando que mi cuerpo hablara. Estaba más acostumbrada a pensar que a hablar.

Él me musitó algo al oído. Lo miré, al principio preocupada, pero luego le sonreí para calmarlo.

—Ya no importa —le dije, y le besé la mejilla. Aunque él no quería dejar el asunto ahí.

Mientras pensaba —como me había anunciado Lauri— en la llegada del padre Alarcón al pueblo y en los militares que aplastarían las matas amarillas con tirria, sentí la calidez de sus labios buscando los míos. El mundo se había detenido y el silencio de la parte baja se fusionó con el de la casa.

La puerta negra empezó a recibir grandes golpes. Se escuchaba cómo las pisadas aplanaban la tierra roja. Entonces terminé de entrar y cerrar la puerta frente a su rostro, que ahora se deformaba en un sollozo mudo. Lauri no lo sabía, pero le había dado el mejor regalo que podría recibir: la posibilidad de vivir de cara a una realidad lejos de la tierra roja, de los páramos, las habladurías y los muertos inconscientes de su muerte.

Me detuve frente al cuadro fechado con los días de la peste tifoidea. Vacío. Un lugar de descanso por llenar. Un lugar donde no había necesidad de hablar, dar explicaciones o enfrentar los deseos irrealizables. Al entrar, comprendí al abuelo y el porqué no salía más de un cuarto de hora. Más que eso, sentí satisfacción de ver cada muerto en su cuadro.

Tenía la certeza de que, afuera, la mata crecía con su color amarillo en el mar de grama de la casa. Los militares y secuaces del padre la estarían pisando y ocultando su brillo, mientras la casa empezaba a ceder.

Primero fue un crujido viejo, parecido al que hacían las puertas; luego las paredes se ladeaban llevándose todo a su paso, incluido el techo que antes olía a madera nueva. Ahora solo quedaba un rumor de polvo y trozos de tabla que terminaron hundiendo el piso. Había caído. Nos mezclábamos con el polvo, las carcomas y las historias.

En medio de aquella nube gris, mientras el eco del derrumbe aún flotaba en el aire, mi memoria retrocedió sin aviso. Pensé en el doce de agosto, en aquel día no tan lejano cuando le mostraba mi colección de libros a Lauri y, casi a sus espaldas, con el pulso agitado, escribí la última página de la libreta. Me asaltaba la pregunta de si alguna vez la leería; a simple vista no era más que un breve puñado de palabras ordenadas, pero, si la comparaba con todo lo que había callado durante los años en que mi voz se apagó, comprendía que allí había dejado una parte de mí: un fragmento íntimo, escondido entre líneas, que anhelaba que él pudiera descifrar.

No tenía forma de saber si eso ocurriría, si llegaría a leer mis palabras y, entre la nostalgia, encontraría fuerzas para seguir adelante en un lugar mejor. Nunca lo sabré. Aunque me haya ido con los otros, sé que en Lauri y en los visitantes quedará algo mío, como un eco mudo que cruzó de forma efímera por sus vidas.

FIN